sábado, enero 17, 2009

CINE, DE NUESTRO TIEMPO

Es una colección que tiene su origen a mitad de los años sesenta, creada por Labarthe y Bazin, cuyo fresco ofrecía filmes-retratos de cerca de 70 directores que marcaron la Historia del Cine. A su vez, esta colección constituye una de las más importantes series documentales de la televisión europea. Todos los retratos están dirigidos por cineastas de renombre, quienes de manera personal van elaborando la trama de su documental a base de las experiencias con su director retratado y la selección de imágenes de sus filmes más importantes. Intermedio ha lanzado los primeros DVD de esta colección hace un tiempo. Del dedicado a Otar Iosseliani, peculiar genio georgiano, he extraído (trascrito, narrado) fragmentos que presentan a los primeros 12 directores retratados. Todos dicen, a su estilo, algo interesante respecto de lo que el cine es para ellos, cómo lo ven o lo sienten, incluso se animan a revelar sus recetas. Ya sé que no voy a parar hasta conseguirme el resto de toda la colección.

      1-   El home cinema de los hermanos Dardene.

Un recorrido lento a los exteriores de alguna planta industrial, tuberías y calderos, escalinatas, silos y chimeneas altísimas. Es un diálogo entre los Dardene ante un entrevistador invisible y silente que los envuelve en el encuadre: Visto así es casi del color del cielo gris de las películas (…). Es un buen momento para rodar (…), un cielo bonito, muy nublado, incluso empiezan a caer alguna gotas. En momentos así diríamos: “da igual, seguimos rodando”, y el director de fotografía muy razonablemente nos diría: “amigos, no vamos a empezar aunque la lluvia sea tan fina que no se vea. Así qué se puede rodar”. Nunca hemos tenido la sensación de decir “yo habría hecho esto, es una pena”. No. Queremos hacer la misma película desde el principio. Quizá si no trabajáramos juntos no haríamos películas. Yo estoy seguro de que no lo haría. Estoy convencido (dice un Dardene). No sé por qué nos apetece filmar así, pero es lo que nos gusta en todo caso. Necesitamos estar cerca de los cuerpos (en referencia a su perseguidora cámara en mano).

2-     Abel Ferrara, Not Guilty.

Abel, leyendo en voz alta una revista de arte en un restaurante (cuya foto ilustra este post): “Godard es para su medio lo que Joyce o Stravinsky, Eliot y Picasso fueron para el suyo. Celosos después de los cuales la expresión humana no volverá a ser la misma”. “Quentin Tarantino…”. ¿Me cita? No. Ni me mencionan. Gracias. Luego Abel le muestra a su entrevistador un video donde aparece su ex pareja: vivía conmigo y ahora viene la escena de sexo con Dafoe. Yo pensaba “esto no me importará. Acabo de vivir una ruptura terrible”. Me pongo a verlo y se folla al tío con unas ganas. ¡Qué manera de follárselo!, ¡cómo se lo folla! (me pregunto a qué película se referirá Abel Ferrara). Y durante diez minutos te pasas viendo a la tía con la que vives follarse a alguien por la televisión. 

En el interior de un taxi en movimiento, enfocando la gente en las calles, Abel habla: Se preguntarán cuándo hacemos las películas, cuándo escribimos los guiones. Hay gente que lo hace por nosotros. Nuestro trabajo es salir en busca de experiencias.

 3-     Shohei Imamura, El librepensador.

Conversando con su asistente en una biblioteca. La voz pausada y segura de Imamura tras unas gafas dice: ¿Por qué estudio? Todos los cineastas deben estudiar. Sobre todo cuando eres el autor del guión. Pero para usted lo importante es “la mirada del hombre” -repone su asistente- No entiendo en qué interviene el saber ahí. ¿No bastaría con plasmar simplemente lo humano? Es cierto –responde Imamura- ya que lo dice usted. Y continúa leyendo con rostro de cocinero.

Luego reaparece en una sala de proyecciones, donde le explica su interlocutor: Empecé a pensar que los actores me cansaban Que me pesaban demasiado. Decidí pasarme al documental. Me lancé a fondo en esa dirección.

 4-     Abbas Kiarostami, Verdades e ilusiones.

No importa si se trata de un documental o de ficción, al final sólo estamos contando una gran mentira, dice el director de “El globo blanco” entrevistado en un descampado. Luego la cámara nos lleva a través del gentío de un mercado iraní. Después, tal como Abel Ferrara, lo entrevistan en el interior de un taxi en marcha. ¿Cómo trabaja con los actores no profesionales? Es muy simple, responde Kiarostami, si tienen que estar tristes, el día anterior les provocas ese estado. Si tienen que estar felices, les animas. Ellos dicen sus diálogos como tú quieres, pero con los sentimientos del día anterior. Lo que viene es una pregunta desconcertante de la entrevistadora: ¿Es usted el verdadero Abbas Kiarostami? Usted qué cree, responde.

 5-     Norman Mc Laren

El cine de Mc Laren me recuerda un poco a mi querido Jan Svankmajer, Norman dice: Empecé a tener visiones de algo al ritmo de la música, de formas que se movían. Luego me di cuenta de que quizás el cine fuera el medio para crear formas que se movieran según la música. Eso es lo que me llevó a la realización de películas. Cuando volví de China pensé que me interesaba hacer una película utilizando lo que yo llamaba “pixelación”. La idea de que dos vecinos empiezan siendo amigos, y de que poco a poco se van destruyendo el uno al otro. Se convierten en enemigos.

 6-     Aki Kaurismaki

Para mí el cine no es una verdadera pasión. Es más bien la vida la que es realmente interesante. Sólo trabajaba para vivir –dice Aki entre los container de un muelle que me recuerdan Ariel-, sólo para eso. Para sobrevivir. En ese tiempo conocí gente muy diferente. He hecho películas durante 22 años y ya no he conocido a nadie más. He perdido contacto con la realidad. Para un cineasta eso es peor que la muerte. Mis primeras 7 películas empezaron con la idea de que los protagonistas se fueran de Finlandia. Y, de hecho, fui yo quien se fue.

 7-     Un día en la vida de Andrei Arsénevich

Esta cinta es un homenaje a Tarkowski, para quienes no lo reconozcan en el título.

A Leonardo da Vinci se le menciona a menudo en las películas, con un significado preciso, dice la entrevistadora. Están viendo un video, Tarkowski, delgado, atento, se reclina sobre su asiento al parecer viendo la pantalla. Le recuerdan el parlamento que un personaje suyo: “Mi objetivo es colocar el cine al mismo nivel que las otras artes”. El ocultismo para Andrei era a menudo un atajo hacia el más allá. Durante una sesión de espiritismo se comunicó con Boris Pasternak. Quien le dijo que solo rodaría 7 películas. “¿Sólo?”, preguntó Andrei. “Pero serán buenas”, respondió  Boris Leonódovich.

 8-     Philippe Garrel, Artista

¿Qué es el cine?, pregunta el entrevistador. Por qué me lo preguntas a mí, responde huraño Philippe. Luego, antes de esconder el rostro entre el pecho dice: Es un modo de disipar mi paranoia, de sentirme bien y armado contra la realidad. ¿Y cómo te protege?, le preguntan. ¿La cámara?, no lo sé, pero me protege, responde y vuelve a esconder el rostro como una avestruz. Luego sueltan un parlamento palpable y profundo, una voz varonil y joven lo dice en voz baja, en el interior de un departamento, mientras se acerca al cuarto de baño donde corre el agua: “Tanto soñé contigo, caminé tanto, hablé tanto, tanto amé tu sombra, que ya nada me queda de ti. Sólo me queda ser la sombra entre las sombras, ser la sombra que retorna y retornará a tu soleada vida”. 

Voy a robarme esta línea para alguno de mis escritos, lo juro. Y buscar las películas de Garrel solamente por esta línea maravillosa.

 9-     Daniéle Hillet y Jean-Marie Straub, Cineastas

Si alguien os dice “la forma lo es todo, la idea no existe”, no es verdad. Hay que ver las cosas con claridad, pero primero está la idea. Luego viene la materia y luego la forma. Y no hay nada que hacer, nadie puede cambiarlo.

 10- “Citizen” Ken Loach

¿Dejar una cierta distancia entre el actor y la cámara, es una cuestión moral? Más bien de respeto, responde Loach.

 11- Otar Iosseliani, El mirlo silvador

La historia llega por sí sola, pero yo sé de qué alimentarla.

¿Qué prefieres, la escritura, el rodaje o el montaje? Lo mejor son las mezclas, responde un circunspecto Iosseliani. ¿Y la proyección? La proyección no me gusta nada. 

El 12º es Jean Rouch, quien no decía nada atractivo en la porción de su retrato publicitado en el DVD de Otar.


lunes, enero 05, 2009

Hoy por la mañana me desperté con una extraña sensación de ausencia. Primero la sopesé bajo el tamiz nostálgico del año nuevo. Luego, la traduje como una reacción de nerviosismo por el primer día de trabajo del 2009. Pero no conseguí quitármela de encima. Todavía me faltaba algo. De hecho, a mi vida aún le faltan muchas cosas y le sobran varias más (de las pensadas y de las otras). Era como estar en una película que se había rodado sobre mi vida, pero sin mi consentimiento. Una vida que era mía, pero que también podía no serlo. Camino de la oficina, detenido en un semáforo, descubrí aquella ausencia. Entonces me dije: eso será lo primero que postee este año. Un año que espero sea propicio para muchos proyectos personales, como poder escribir más seguido aquí, y culminar por fin mi novela. Al parecer esos proyectos empiezan a avanzar tirados por esta historia, si quisiera ser supersticioso.

Anoche soñé con un gato. Bien pudo ser un gato hindú o egipcio, si es que esas razas existen y son conocidas. Era un felino pardo de orejas largas y puntiagudas, casi del tamaño de un perro dobergman, atlético y afilado. No era mi gato, o si lo era, lo había olvidado. Saltaba a mis brazos cual si yo fuera su madre. Nos hallábamos al final de una breve alameda colindante con un barandal de hierro. Una alameda o jardines alargados en perspectiva, como los de Antonioni en
Blow-up cuando las fotos del crimen. Del otro lado quedaba un río silencioso e imperturbable, por el que flotaban troncos y algunos desperdicios a la deriva. Un río que parecía el Sena o el Danubio de los recuerdos cinematográficos que de ellos guardo. Era otoño, una tarde de otoño o quizás los primeros días de un invierno mesurado. Me distraía en algunos nubarrones que agostaban la ciudad cruzando el puente, cuando el minino brincó de mis brazos a la calzada. Hasta entonces, supuse que era el único transeúnte admirando la aparente calma del río. Pero al seguir con la mirada el contorneo del minino hindú o egipcio, descubrí que se dirigía hacia un hombre acodado al barandal, a mi izquierda, casi a 20 metros de distancia. A simple vista deduje que el hombre era alto, además de unos sesenta años, delgado, de cabello rubio cano peinado hacia atrás, y que fumaba, fumaba viendo un punto fijo perdido en la otra orilla. El gato se allegó con sigilo hasta sus bastas, y se frotó el lomo en ellas con delicadeza e insinuación. Respondiendo con la misma discreción gatuna, el hombre se volvió hacia el animal, para inclinarse a acariciarle el lomo como les gusta a los gatos que se lo acaricien. No tardó en alzarlo en brazos. Recién entonces pude comprobar el exorbitante tamaño del felino, y sus incongruentes modales infantiles. Era aquel mi gato hindú o egipcio, inmenso y liviano, nada feroz. Con el cigarrillo en los labios y el felino en brazos, el hombre avanzaba hacia mí, arrugaba los ojos debido al ardor del humo, y sonreía, o torcía la boca. Ya a mi lado, me hablaba en inglés frases breves de coloración doméstica, amables. Me extendió al minino en medio de una de ellas. Lo recibí en silencio, sin creer lo que mis ojos veían. El hombre, efectivamente, era más alto que yo, quizás por una cabeza o dos, y apuesto. Al entregarme al gato, se retira el cigarrillo de los labios, aspirándolo aliviado, me sonríe liberando una nubecilla azul de humo, y mientras se marcha me dice algo que no consigo entender. Era Faulkner.