FOTOGRAFÍA SILENCIOSA
En el Japón de finales de la Segunda Guerra, un músico de jazz tiene un hijo con una pariente lejana. Tres días después del parto la madre muere. Shozaburo Takitani, tal era el nombre del bohemio trombonista y padre viudo, no tenía cabeza para nada que no fuera el jazz. Las constantes giras con su banda hicieron que el niño creciera a lo cuidados de institutrices a domicilio, encausándolo desde pequeño a vivir en silencio y soledad. Debido a su amistad con un comandante del ejército norteamericano todavía en suelo japonés, Shozaburo decide llamar a su hijo como el militar: Tony, Tony Takitani. Un nombre criollo que “a lo mejor le sería útil”. El niño se convirtió en adolescente (“un muchacho con una marcada tendencia a encerrarse en si mismo”) y después en adulto. Estudió arte, y luego del instituto logra reconocimiento por su destreza en ilustraciones de piezas mecánicas. Incluso por su pintura. Shozaburo aparecía cada dos o tres años. Todavía tocaba jazz y seguía viendo a mujeres, pero nunca volvió a casarse. Tony Takitani vivía con holgura. Indiferente al amor, se creía imposibilitado para el matrimonio, hasta que conoce a Eiko, 15 años menor que él.
Tony Takitani (Japón, 2004, 75 min.) es una hermosa película, minimalista, correcta, dirigida por Jun Ichikawa. Esta producción toma el nombre y el argumento de uno de los mejores cuentos de Haruki Murakami publicado en su libro Sauce ciego, mujer dormida (Tusquets Editores, 2008). Quienes han leído a Murakami, y más aún el cuento en mención, notarán la aparente soltura y simpleza de su forma de narrar: cual si todo hubiera estado ya preestablecido a espaldas nuestras, causándonos tanto asombro como aceptación el desarrollo de los episodios. Esta misma simpleza narrativa ha sido asimilada muy bien por Ichikawa. Fiel al argumento y al hilo estructural del relato, la película resulta una especie de “álbum oral” cuyas páginas son narradas por una omnisciente voz en off. Las escenas, incluso las violentas, transcurren en calma y con una sutileza que hace pensar en la inexistencia del tiempo, pese a que somos testigos de sus estragos (envejecimiento, resignación, catástrofes). Ichikawa, como Murakami, si emite juicios lo hace entre susurros, insinuándolos, disfrazados de cotidianeidad. Así, son pocas las palabras que oímos de labios de los personajes. Ellos viven sin remedio en ese mundo pavonado de soledades y abandonos, comparan meditando sus destinos con otras posibilidades, temen rebelarse al mundo cual si fueran observados por aquella voz que los narra mientras respiran, completan con certeza algunas frases del omnisciente, cual si fuera aquella voz la misma que todos oímos en nuestro interior. De este modo, lo audiovisual cobra protagonismo debido a la estética de la propuesta: expresividad gestual antes que estridencia, sordidez y no barroquismo, frialdad antes que calidez, luz en constante disputa con las sombras; este enfoque visual consigue contener los sentimientos y sensaciones liberados en la historia. Sin embargo, o quizás debido a la misma apuesta minimalista (actores duplicando roles), al andamio fílmico le suenan las articulaciones cuando vemos a Tony Takitani tan viejo en el instituto como cuando cuarentón, salvo por el corte de cabello.


3 comentarios:
a mi me encantó, y después de leer la reseña me entraron ganas de volver a verla. buena, cenizo!
Anto quiere verla... la pela, porsica...
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