sábado, mayo 31, 2008

DETECTIVES AL CINE

La literatura volvió a remecer la pantalla grande. El primero en desfilar este año fue Cormac McCarthy, laureado escritor norteamericano que trabajó junto a los hermanos Coen en la adaptación de “No es país para viejos” (No country for old men”), indiscutible ganadora de la reciente noche del Oscar. McCarthy, considerado un clásico vivo por la crítica especializada, obtuvo el Pulitzer de Literatura en 2007 por su novela “La Carretera” (“The Road”), una apocalíptica historia contemporánea narrada con el corazón en las manos. Luego del éxito taquillero de “No country…”, el rodaje de “La Carretera” era inminente. Viggo Mortensen, el mafioso ruso de “Promesas Lejanas” (“Eastern Promises”, Cronemberg), es quien encarna al padre errante con su hijo por un país de destrucción. De otra parte, el Nobel portugués Saramago ha confesado estar a gusto con la adaptación fílmica de su obra “Ensayo sobre la ceguera”, que apreció en función privada. Otra novela trasladada al cine y todavía ausente entre nosotros es “Seda” de Baricco, una fabulosa y breve novela. Sé que es una producción multinacional dirigida por el canadiense François Girard, y que dura casi dos horas. ¿Cómo habrán hecho para no romper el encanto de aquella profunda brevedad? No obstante me animo a afirmar por la trascendencia de su autor en la literatura Latinoamericana, que la ganadora del Premio Herralde 1998, “Los Detectives Salvajes”, será la película más esperada por los nostálgicos lectores de Roberto Bolaño. Nostálgicos y rabiosos que van in crecendo ahora que la han traducido al francés y al inglés.

Según publican en Festival Central, la novela del reputado escritor chileno Roberto Bolaño “Los detectives salvajes” será trasladada al cine en una producción mexicana en la que han de participar Cadereyta, Mantarraya Producciones y Catatonia Films, a las que podría sumarse también la chilena MC Films. La película vendrá avalada por el productor Jaime Romandia, colaborador habitual del aclamado cineasta Carlos Reygadas, en tanto que la dirección ha recaído en Carlos Sama (“Sin ton ni Sonia”). Su intención es que el reparto reúna actores latinoamericanos.

Pensar en el traslado a la pantalla de “Los Detectives Salvajes” obliga a plantearse un mar de cuestiones de orden argumental y técnico. Cómo resolverán el diario del adolescente Juan García Madero, vital en el libro. La polifonía o los múltiples narradores que recuerdan a Rashomón. La fragmentación que es quien marca los latidos durante los años de pesquisa, generando una especie de alegoría literaria. Acción sí que van a encontrar; aunque los tiempos novelados parecieran anularla por momentos. Esperemos a ver la adaptación para salir de dudas al respecto de esta joya del neorrealismo barroco, una novela contemporánea vuelta un clásico influenciador por la crítica, y que muchos la comparan con aquella sensación cortazariana llamada “Rayuela”.

Por sus abundantes páginas corren las vidas de dos jóvenes poetas y ocasionales vendedores de drogas, Arturo Belano y Ulises Lima, en busca de la poeta fundadora del grupo real viscerrealista, Cesárea Tinajero, desaparecida en los años treinta. Imposible evitar voltear a ver el Impala que transporta a los poetas y a Lupe, la prostituta, levantando polvo por el desierto de Sonora. Esperemos pero no en calma, pues nada en Bolaño (Belano) oculta calma, solo su apariencia. Y lo mejor es hacer como García Madero en referencia a Arturo Belano:

“Según él, los actuales real viscerrealistas caminaban hacia atrás. ¿Cómo hacia atrás?, pregunté.

-De espaldas, mirando un punto pero alejándose de él, en línea recta hacia lo desconocido.

Dije que me parecía perfecto caminar de esa manera, aunque en realidad no entendí nada. Bien pensado, es la peor forma de caminar.”

jueves, mayo 22, 2008

MURAKAMI EN EL TEJADO

“Loro perdido dio su nombre y dirección”. Tal era el titular que copaba el centro de la portada de El Comercio de hoy. La mañana estaba inusualmente soleada para finales de mayo. Me había desvelado anoche, y al echarme a andar rumbo al paradero alrededor de las 8 a.m., se hizo notorio que todavía me faltaba dormir otro tanto. A mitad de mi recorrido pareció alcanzarme cierto rezago de ensueño. Me detuve frente a un paredón de diarios y por un momento, mientras leía el encabezado respecto del loro hablador, sentí que ya no andaba por las calles de este mundo.

Había ocurrido en Japón. Me dije, si ha ocurrido en Japón y parece extraído de un País de Fantasías, la mano de Haruki Murakami debe estar inmiscuida. Me ganaba la hora y no me di tiempo de comprar el periódico. Camino del trabajo toda pereza me fue borrada. Tenía en manos Domar a la divina garza de Sergio Pitol, pero apenas si conseguía involucrarme en las extravagancias de Marietta Karapetiz que hasta entonces me divertían rumbo al trabajo. Pronto se puso en marcha un extraño mecanismo voluntarioso en mi devenir. Picoteaba de la Realidad y de la Ficción, desamparándome a su antojo en medio de cualquier suposición. No puede ser. “Soy el señor Yosuke Nakamura” le había dicho el loro al veterinario, luego de que la policía lo rescatara de un tejado. Era un loro africano gris, según la nota y la foto. “Verificamos la dirección, y he aquí que había una familia Nakamura en el lugar. Le dijimos que habíamos hallado a Yosuke”, dijo el agente Uemura. Ocurre que al parecer los Nakamura habían tardado dos años en educar a su loro africano, y conseguir así que repitiera su nombre y dirección. Un portavoz del parque zoológico de Chiba refirió que estos loros son muy preciados entre lo japoneses “por su capacidad de imitar los sonidos y palabras humanas”. Pero de esto me enteré en la hora del almuerzo.

Antes, mientras ya me abordaban los vericuetos de mis labores cotidianas, divagaba. Insistía, con una presteza improbable, en que Murakami había escrito esa nota para la prensa japonesa. En Kafka en la orilla, publicada en 2002 aunque yo recién la leyera en 2007, Murakami hacia hablar a los gatos. Aunque no hablaban con cualquier silvestre. O, mejor dicho, solo los podía entender una persona: Satoru Nakata, de casi sesenta años. “De niño, durante la segunda guerra mundial, sufrió un extraño accidente del que salió con secuelas, sumido en una especie de olvido de sí, con dificultades para comunicarse… salvo con los gatos”. Entonces, ¿No será este loro africano una de las mascotas de Nakata?, pensaba abrumado por contratos, sumas y restas en mi escritorio. ¿Pero qué necesidad de Murakami de jugarse así con nosotros, publicando esta nota en la prensa japonesa, si hace poco le han publicado “Sauce ciego, mujer dormida”, un esperado libro de cuentos?

sábado, mayo 17, 2008

LA HÚMEDA PIEL DE LOS PECES


Conocí al poeta-oficinista a comienzos del siglo XXI, cuando él contaba con 25 años mientras que yo estaba por cumplir los treinta. Me recuerdo exageradamente emocionado durante la víspera de mi primera treintena, pues desde muy joven anhelaba cumplir cuarenta años. Una década no es nada, me decía frente al espejo en esas mañanas. Lucir como algunos de mis actores y escritores favoritos en sus respectivas cuatro décadas, era mi motivación.


Las circunstancias en que nos involucramos el poeta-oficinista y yo, no vale la pena rememorarlas, pues rayan en lo cotidiano de labores corrientes. Bastará con saber que la italianidad de nuestros apellidos y nuestra afición por la lectura, no tardó en engancharnos. A las semanas ya estábamos compartiendo libros y sin pensarlo, amistades. Él frecuentaba a un grupo de muchachos desaliñados que pronto atrajerón mi atención. Se hacían llamar los Tres Veces Dulce. Poetas y punto. Yo, había desistido de la poesía hacía menos de un año, y estaba empezando la clandestina escritura de prosas sueltas. Mi tema era las contradicciones que embisten a los artistas cuando se topan con el mundo tangible. Y más, posibles resultados de aquellos encuentros, o desencuentros.


Piero Buccardo, tal era el nombre del poeta-oficinista, era hijo único. Se había hecho economista a decisión de su padre. No obstante era un muchacho inteligente, aunque tímido. Era aficionado al arte y había rechazado varios empleos. Vivía por su cuenta desde que terminó la universidad. Me contaba que el mismo día de la graduación le vino a la mente lo que sería su futuro, y de inmediato emergió sin control una rebeldía abrumadora. Traía la barba rala y crecida, el pelo largo sobre la nuca. Siempre lo hallaba en yines y camisetas y calzaba botines de cuero. Alguna chompa o casaca en invierno. Me recordaba un poco lo que yo fui. Era un tipo delgado, no muy alto, casi de mi tamaño. Cuando charlábamos, pronto manaba su aliento a vodka y tabaco. Albergaba en su mirada el brillo propio de una adolescencia cercana. Piero Buccardo, como sabemos los pocos que íbamos a visitarlo, vivía en la azotea de un altísimo edificio frente al mar de la Costa Verde. Estar a su lado y en su “refugio”, platicando de lo que nos gustaría hacer en realidad mientras veíamos la puesta del Sol entre cigarros y gaviotas, resaltaba lo estúpido de mi empleo.
Su apartamento era sencillo y su abuela lo ayudaba con la renta, me decía. Tenía dos piezas, incluido el cuarto de baño. Posee, como único usuario del amplio techo, una anchurosa terraza de cemento pulido que disfruta a plenitud, aun en invierno, sin mayor compañía que bulliciosas gaviotas y ocasionales gallinazos encaramados al parapeto, o merodeando el cilindro de basura. Por entonces yo todavía vivía con mis padres, y me apenaba confesárselo, o reconocerlo. Sus enceres eran los necesarios para alguien que vive solo y no gusta de invitados. Es decir: una mesa de pino enfrentando al mar y sólo una silla junto a la ventana del mar, un pequeño juego de vajilla en porcelana blanca, un tenedor, un cuchillo de mesa y uno de cocina, una cuchara de sopa y otra de té, un cucharón mediano y una ligera sartén, dos vasos anchos de cristal genovés. Había dispuesto, al fondo de la habitación de cuatro por seis, una cama de plaza y media, tres anaqueles colmados de libros y discos compactos sobre la cabecera. Encima del velador obraba un redondo y demente reloj despertador que se disparaba sin control en horas indecibles, heredado de su amigo Renzo, líder de los Tres Veces Dulce a quien no conocí. Al pie de la cama, un antiguo y pesado equipo de sonido, dos cajas engordadas con ropa que nunca ha ceñido su cuerpo. En las paredes de un verde desteñido por la resolana, pocas camisas y casacas colgadas mantienen en tensión a tres colgadores. Próximo a la ventana lateral del ingreso, una pequeña nevera blanca con manija de automóvil, casi recostada a una cocinilla gris de dos hornillas sobre una mesita oscura; una hornilla jamás ha encendido por completo. Y cuando esto ocurre, es decir, cuando una de ambas hornillas se enciende con decisión, calienta sopas instantáneas en horas inapropiadas, o bien hierve un poco de agua o calienta café o pizza o pollo traídos a domicilio. Casi nadie conoce al último inquilino, me dijo una vez el conserje cuando pregunté por Piero Buccardo. En otras ocasiones enciende la solicitada hornilla para incinerar papeles, me confesaba. Por lo general entrada la noche y con un Camel a mano. Páginas estrujadas antes arrancadas de alguno de sus cuadernos en los que escribe lo que podría llamarse “su fallida bitácora”; y acaso no sea tan propio lo suyo, sino episodios de alguien que tan solo él conoce o cree conocer, cuando no algunos versos que nunca logran convencerlo de nada. No obstante, las más de las veces, lo que allí arde son apuntes sobre un proyecto que ignora si lo será; y no porque estos apuntes carezcan de interés, sino porque los proyectos, para que sean considerados tales, le corregía yo, ostentan la porfiada característica de exigir un final. En todo caso cabe pensar por tanta incertidumbre, que tal vez lo que fuera hasta hoy su proyecto de vida, es aún geografía huidiza e inexplorada para él, a pesar de que ya le esté reclamando un final; o tal vez un inicio por donde desmadejarse. No lo sé. Yo mismo no sabía cómo ordenar mis historias, o los episodios de una historia. Luego me vino un orden imaginado y todo se me puso a prueba. Cayeron casi un tercio de las páginas.


He ido a buscarlo un par de veces desde que volví de viaje por este trabajo mío que me tiene de gitano. No he tenido suerte en hallarlo. Qué extraño. El poeta-oficinista apenas si abandona su terraza, eso lo sé muy bien. Prefiere al mundo minúsculo y mortífero apreciado desde lo alto. “El mar, húmeda piel de pez destellando al sol”. Suele elegir el disfrute del vasto horizonte marino dominado desde su refugio, una desigual curvatura extendida de edificios y acantilados labrados por el mar. O devorados por la neblina que se agolpa contra todo en invierno. Veo su ventana, su cama, la mesita con un cuaderno abierto manchado de tinta, las delgadas manos de Piero palpando las páginas, un suspiro y sus ojos volteando a verme. Frases de una insólita inocencia, de una peculiar belleza y, tal vez sin meditación previa de Piero, también de una apabullante honestidad. Eso percibía yo en sus versos. Algo de envidia me corría por las venas. Ya lo veo. Lo cierra como cada noche o amanecer. Acomoda las hojas sueltas que escapan al bordillo del empaste. Lo ata con una soguilla de empaque y sobre una hoja en blanco escribe a lo largo con letras gigantes: Península. Así llamará a lo suyo, me dijo la última vez mientras doblaba esa hoja y la escondía entre las páginas de su adelgazado cuaderno. Península, repetí entonces. Península, me digo frente al mar, en soledad, hoy que estoy a punto de renunciar a mi trabajo. Hoy que he venido a buscarlo y que el viejo conserje no me sabe dar razón de nada. Me he echado a andar por el malecón fumando un cigarro. Contando ventanas de vértigo. Completando en mi cabeza el cornisamento que la niebla le ha robado a los edificios. Este invierno lo endurece todo desde muy temprano. Estoy a punto de cumplir cuarenta años y ya no sé si realmente quiera cumplirlos tan pronto. Eso quería contarle al poeta-oficinista después de tanto tiempo. Eso, y que estoy a punto de renunciar a mi trabajo.

martes, mayo 13, 2008

EL PRIMER IRON MAN


Iron Man no posee poderes sobrenaturales. Pertenece a esa legión de superhéroes nacidos de ellos mismos, en que algún conflicto personal los enfrenta a su entorno, transformándolos sin remedio. Mis favoritos. Tal es el caso de Batman, cuyo origen fue tratado en 2005 con una mesurada inteligencia y sutileza por Christopher Nolan en Batman Inicia. Así, Bruno Díaz y Anthony Spark, el científico dentro de la armadura de Iron Man, son seres privilegiados por billones de dólares y genio propio que les permite disponer de tecnología de última generación en su lucha por la justicia. Otro es el caso del Hombre Araña o del Increíble Hulk, por ejemplo, que no disponen de fortuna y cuyos poderes provienen de accidentes de ciencia.

Uno de los muchos aciertos del director Jon Favreau en esta primera versión de Iron Man, es haberse ceñido a la mítica historieta de Stan Lee (N.Y., 1922) Tales of Suspense aparecida en 1963. Antes, Stan Lee moldeó la figura de Tony Stark inspirado en el excéntrico multimillonario inventor norteamericano Howard Hughes (1905-1976), el mismo que personificara Leonardo Di Caprio en el fallida El Aviador (Scorsese, 2004). Como recordamos, el cómic Iron Man apareció mientras se libraba la guerra de Vietnam. Un perspicaz Stan Lee toma como plataforma ese conflicto bélico para lanzar a su Hombre de Acero al mundo, otorgándole un polémico escenario que se hallaba en la pupila pública, garantizándole atención. ¿Pero cómo?

Industrias Stark había inventado un aparato llamado Minitransistor para ayudar a las tropas estadounidenses, por lo que el presidente y principal inventor de la compañía, Tony Stark, viaja a Vietnam. Al llegar, descubre que su fábrica había sido saboteada, y es emboscado por el general vietnamita Wong Chu. Al intentar escapar Tony Stark activa una bomba. La explosión lo hiere, incrustándole esquirlas en el pecho que lastiman su corazón. Wong Chu lo captura y lo obliga a desarrollar armas para los vietnamitas. En su celda, ayudado por otro científico prisionero, construye una armadura que lo ayudará a escapar y mantener a salvo su corazón. Sin embargo la armadura todavía no contaba con la energía suficiente cuando Wong Chu se percata de que algo andaba mal con los científicos, y decide dar la voz de alarma. Su compañero científico sale corriendo para distraer a los guardias, pensando en ganar tiempo para que la armadura cargue energía. Pero es abatido por los soldados. Tony Stark, con la armadura cargada parcialmente, sale a enfrentarlos, vengando la muerte de su amigo y escapando a EE.UU. Allí decide utilizar la armadura para combatir el mal.

El modelo clásico (mostrado en el cómic entre 1965 y 1985) de la armadura roja y amarilla que protege el corazón de Tony Stark y que amplifica sus fuerzas, ha tenido básicamente tres prototipos. Luego se ha ido adaptando a los diversos campos de batalla (aire, mar, tierra, fuego, espacio exterior) a lo largo de más de cuarenta años. Sin embargo, acertadamente, Jon Favreau eligió para su Iron Man no los prototipos de Stan Lee, sino los aparecidos en los recientes cómic de Iron Man, Historia Extremis, ilustradas por Adi Grandy. Es decir, las armaduras Mark I (a base de chatarra improvisada), Mark II (el primer diseño gris y liviano en Industrias Stark) y Mark III (la hermosa armadura de titanio en aleación de oro y escarlata) modificadas por Stan Winston ("Parque Jurásico", "Aliens", Terminator") y sus artistas de efectos especiales para el cine, se pueden apreciar en los cómic actuales.

Esta primera versión cinematográfica de Iron Man, que muestra el nacimiento del Tony Stark como héroe, posee el atractivo de situarse no en los sesentas, como el cómic, sino en nuestro presente, en que gran parte de la tecnología soñada en un pasado para el futuro, es ya una realidad. En plena era de la robótica, sucede en Iron Man que los asistentes-robots de Tony Stark (un Robert Downey Jr. destacable) son capaces de arrancarnos divertidas carcajadas, e incluso cómico suspenso (el robot que sostiene un extintor y que amenazan con donarlo a una universidad). La toma de consciencia de Stark luego del atentado lo sensibiliza a pesar de la frivolidad armamentista que lo alimentaba hasta entonces. La demostración de un invento, la emboscada y el secuestro suceden no en Vietnam, sino en Medio Oriente. Un mediático gancho político-comercial que no sorprende, y que pienso funcionó si lo que se buscaba era “actualizar” a un héroe de hierro nacido en plena época hippie. El constante e indetenible devenir de las ideas de un genio, enfrentadas a la esencia cotidiana del ser humano. De otra parte, la ambición no solo por el dinero sino además por el poder, engendra a un peligroso rival que se pensaba era de la confianza de Tony Stark. Me refiero a su mano derecha, el maquiavélico y calculador ejecutivo Obadiah Stane.

Tan fascinantes como divertidas y “reales” son las escenas de acción. De entre todas, más que la lucha contra el gigante Iron Monger operado por Obadiah, son las de los vuelos (y aterrizajes) del Hombre de Acero. Inolvidables. Iron Man pone al descubierto la mortífera posibilidad del “ejército de un solo hombre”. Una compacta y devastadora máquina nuclear de combate no con inteligencia artificial, como las imaginadas de hoy en día, sino con un cerebro y corazón humanos fundidos nerviosamente por computadoras con sensores, velocidad supersónica y una atractiva e impenetrable armadura.


Más de un guiño con lo que sería la secuela de Iron Man nos ha sido mostrado en esta primera producción. El primer pero no principal enemigo, Iron Monger, ha sido aparentemente vencido. Pero si somos fieles a las páginas del cómic y pensamos en las secuelas de Batman o de Spiderman (por ejemplo), y llegamos así al Guasón y al Pingüino, y al Duende Verde y a Venom, ¿por qué no pensar en los otros mortales enemigos de Tony Stark?. ¿Aparecerá Justin Hammer, hombre de negocios empecinado en destruir Stark Enterprise? ¿Quién de los múltiples villanos contratados por éste será el que luche contra Iron Man próximamente? ¿Mandarín? ¿Livin Láser? ¿Kang el Conquistador? ¿Blacklash? Cualquiera que fuera, sea bienvenido.