domingo, septiembre 09, 2007

MAX ROACH: LA SOLEDAD DEL BEBOP

El pasado 17 de agosto los más importantes medios de prensa dieron cuenta de la muerte de Max Roach, mítico baterista de jazz y fundador del bebop, mi estilo favorito. Me hallaba en el trabajo cuando me enteré, y entonces sólo deseaba llegar a casa y ponerme a escuchar sus discos, beber algo, y librarme un poco de aquella extraña nostalgia que me sobrevino. Pensé en escribir un texto sobre el viejo Max, pero no conseguía ánimo. Lo dejé pasar. Pero hoy, desperezándome leyendo El Dominical de El Comercio, veo que Niño de Guzmán sí ha podido escribir un hermoso homenaje al percusionista neoyorkino. Gracias Willy. Y mientras repito uno de sus discos, los dejo con extractos de la nota.


Por Guillermo Niño de Guzmán

Hace unos quince años me encontraba de paso en Nueva York y, al hojear el diario, me enteré de que había un concierto de un grupo de jazz liderado por Max Roach. Miré el reloj y me percaté de que estaba sobre la hora. Era casi imposible llegar a tiempo, pero decidí intentarlo de todos modos. Había tenido la oportunidad de ver en acción a bateristas de la talla de Buddy Rich, Roy Haynes, Elvin Jones, Tony Williams, Jack DeJohnette y Billy Higgins, pero nunca había podido coincidir con una presentación de Max Roach, que era el maestro que más admiraba. Era un domingo de otoño y todavía hacía bastante frío. Corrí como un poseído rumbo al subterráneo y salté a un tren que se dirigía hacia la zona norte de la ciudad y un rato después desembarcaba en las calles de Harlem.Cuando entré jadeante en el auditorio, el concierto acababa de empezar. En el escenario, ocho músicos vestidos de negro tocaban una diversa gama de instrumentos de percusión, desde vibráfonos y xilófonos hasta un steel drum, incluyendo congas, timbales y una batería. Y, aunque se prescindiera del piano y del bajo, el sonido era armonioso y consistente, rebosante de matices. El grupo se llamaba M'Boom y estaba integrado únicamente por percusionistas, bajo la dirección del legendario Max Roach. Allí estaba él, a sus 68 años, firme y circunspecto como un ejecutante de música culta, blandiendo sus baquetas con finura y precisión, sacando la melodía más hermosa e insospechada que una batería es capaz de dar. La reciente muerte de Max Roach me ha hecho evocar aquella extraordinaria performance. Sin duda, fue el mayor innovador de su instrumento y quien más se empeñó por encontrarle otras posibilidades expresivas. Cabe recordar que en el jazz tradicional, aun cuando la batería cumpliera la función primordial de marcar el tiempo, su rol era el de acompañamiento. Es decir, las partes solistas estaban reservadas para los instrumentos de viento o el piano. La situación comenzó a cambiar en la era de las grandes orquestas de los años treinta, cuando los solos de batería de Bid Sid Catlett, Jo Jones y Gene Krupa se hicieron populares. Sin embargo, la batería aún se hallaba supeditada a los requerimientos del baile y no se consideraba como un instrumento de concierto. El vuelco se produjo a mediados de los cuarenta con el surgimiento del bebop, el primer estilo de jazz moderno, bajo la inspiración del saxofonista Charlie Parker y sus compañeros de generación. Max Roach pertenecía a ese movimiento, en el que pronto sobresalió junto con bateristas como Kenny Clarke y Art Blakey. Suele decirse que la revolución en el instrumento se inició con las exploraciones de Clarke, quien alteró las convenciones para acentuar el compás al privilegiar el uso del high hat (o charleston) y de los otros platillos y se preocupó por independizar el rol de los distintos componentes. Pero fue Max Roach el que explotó al máximo estas innovaciones y convirtió la batería en un instrumento solista.A diferencia de otros músicos, su aporte a la evolución del jazz no se limitó a un periodo específico. Impecable como acompañante, Roach participó en las sesiones más notables de bop con Charlie Parker y Thelonius Monk, así como en las grabaciones de la orquesta Capitol con la que su amigo Miles Davis sentó las bases del cool a fines de los cuarenta. En la década siguiente, sus inquietudes lo llevaron a constituir un excepcional quinteto con el trompetista Clifford Brown (y que también contó, en su etapa final, con el saxofonista tenor Sonny Rollins), que inauguró la vertiente del hard bop y fijó un nuevo derrotero creativo para el jazz. Aquí se puede advertir que Max Roach no sólo era un ejecutante original sino que tenía dotes de compositor (con ese propósito había retomado su educación académica en 1952), lo que hizo posible que desarrollara su peculiar concepción musical. Como señala el historiador Ted Gioia, aquel quinteto depuró las características del bop. La tendencia de tocar los temas al unísono fue a menudo reemplazada por líneas contrapuntísticas entre la trompeta y el saxo. Se preferían los medios tiempos y, aunque las interpretaciones fueran muy rápidas, prevalecía una sensación de control y serenidad. "Incluso los solos de batería más apasionados de Roach -apunta el especialista- reflejaban un interés por la estructura compositiva y los sutiles efectos dinámicos". Después del trágico fallecimiento de Clifford Brown en un accidente automovilístico en 1956, el percusionista se fue alejando del hard bop en su incesante afán de renovación. En 1960 grabó un disco clave en su trayectoria, We Insist: Freedom Now Suite!, junto con su esposa de entonces, la cantante Abbey Lincoln. Esta obra había sido concebida con una clara intención política, pues Roach estaba fuertemente comprometido con la lucha por los derechos civiles y la reivindicación de la cultura afronorteamericana. De ahí que prosiguiera sus indagaciones musicales de acuerdo con el espíritu de la época, en sintonía con el free jazz y la apertura inherente a esta modalidad. Así propició grupos en los que excluía el piano con el fin de potenciar una nueva textura armónica basada en el trabajo de los metales, o recurría a coros para darle mayor densidad lírica a sus propuestas. Más tarde formó un interesantísimo Double Quartet, en el que sumaba a su elenco habitual un conjunto de cuerdas (su hija Maxine tocaba la viola). También sería uno de los primeros jazzmen de la vieja guardia dispuestos a experimentar con el rap. Sólo se abstuvo de incursionar en el ámbito electrónico, debido a su gran afinidad con el universo acústico. De cualquier modo, su espectro era muy amplio, tanto así que compuso expresamente para compañías de danza y teatro, y se presentó como solista con la Orquesta Sinfónica de Boston. Y, por cierto, en los años setenta fue el primer músico de jazz que ocupó una cátedra de profesor titular en la Universidad de Massachussets. En 1988 también sería el primero en merecer una de las denominadas becas para genios de la Fundación MacArthur, con una dotación de 372 mil dólares. Max Roach ayudó a liberar a la batería de su confinamiento dentro de la sección rítmica y le dio un papel protagónico. Su impecable técnica le permitió alcanzar un grado de refinamiento desusado entre los bateristas. La sutileza para extraer una insólita riqueza melódica de su instrumento, el despliegue de una colorida paleta de timbres, y la compleja urdimbre de sonidos y modulaciones que tejía en sus interpretaciones lo hacían un solista insuperable. Como escasos percusionistas, aunaba una exquisita precisión a su variedad polirrítmica, multiplicando y superponiendo diferentes planos sonoros con una coherencia asombrosa. Era un estilista, muy sobrio y lírico, dueño de un admirable rigor expresivo, aunque pleno de 'swing'. Si el lector quiere deleitarse con una de las obras más singulares de su profusa discografía, le sugiero que pruebe con Drums Unlimited (1966), álbum en el que destacan sus composiciones para batería sola, en las que cada frase y acento han sido tallados con el esmero de un orfebre. En un alarde de virtuosismo, se empeña en tocar en tiempo de vals, demostrando que sí se podía interpretar jazz fuera del compás de 4/4. A partir de la década del ochenta fueron frecuentes sus conciertos en solitario o en dúo con músicos tan arriesgados como él (Cecil Taylor, Anthony Braxton, Archie Shepp), así como al frente del colectivo de percusión M'Boom.Max Roach permaneció en actividad hasta hace pocos años, cuando un cáncer mermó sus facultades. Pese a ello, en 2003 decidió participar en el concierto que conmemoraba el 50° aniversario de su presentación con el mejor quinteto de bop que se haya reunido jamás (en el Massey Hall de Toronto, al lado de Charlie Parker en el saxo alto, Dizzy Gillespie en la trompeta, Bud Powell en el piano y Charles Mingus en el contrabajo). Al filo de los ochenta, Max era el único sobreviviente de aquel encuentro mítico de 1953. Apareció al final, para recibir el homenaje de los aficionados. Sin embargo, aunque sus limitaciones físicas eran evidentes y nadie lo esperaba, quiso tocar. Lo sorprendente es que sólo se valió de un high hat, quizá para recordarnos que no se necesita más que un pequeño y simple artilugio para transmitir el prodigio de la música.

sábado, septiembre 01, 2007

WESTPHALEN 16

Una de las pocas y buenas revistas literarias que se resiste a desaparecer, es la que auspicia la Universidad San Martín de Porres, llamada "Martín" no en honor al santo moreno, sino a Martín Adán. Bien, el pasado miércoles fue la presentación del número 16 dedicado a Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001). La revista, obsequiada a todos los presentes, muestra un atractivo dossier fotográfico, así como interesantes reseñas acerca del poeta y su obra. Cámara en mano, aquella noche en Larcomar, entre encopetadas tías al acecho de las fuentes de salmón y bandejas de pisco souer, estuve sentadito en una de las primeras filas. La novedad: Carlos Germán Belli y Alejandro Romualdo (uno de mis poetas favoritos... "mi corazón en pantalones cortos"), poco propensos a entrevistas y demás, iban a charlar con el público y declamar algunos poemas suyos. Tengo fotos y videos que colgaré el lunes o martes, cuando compre un cable USB para mi cámara. Entre los asistentes estuvieron Edgardo Rivera Martinez, bastante fatigado; Oswaldo Reynoso, siempre losano y vigoroso; "El Chino" Dominguez, conocido fotógrafo de los cincuenta, etc. Fotos y videos, el lunes. Plato de fondo, videos (grabados por mi camarita) de Wáshington Delgado y César Calvo leyendo su poesía. La nota curiosa la puso Carlos Germán Belli, con una anécdota venida de repente, en plena pausa, luego de habernos leído cinco poemas suyos: "¿Puedo seguir leyendo?, preguntó tímidamente a quienes lo acompañaban en la mesa, y a nosotros, el público. La respuesta fue obvia. Luego prosiguió narrándonos: "sucede que cada vez que tengo que leer poemas míos en público, me viene a la memoria el rostro de mi amigo de colegio, el poeta Leopoldo Chariarse, quien una vez, en un recital de poesía, leyó durante casi tres horas poemas suyos que pensamos era su obra completa; por eso siempre me preocupa leerles demasiado; desde entonces me aborda de improviso, como ahora, la imagen de mi amigo Chariarse leyendo desentendido de la paciencia de todos". Y continuó deleitándonos con su poesía.


Antes, el editor editorial, Guillermo Thorndike, nos leyó una introducción al viaje poético de aquella noche. Preparó una especie de reconstrucción de un cadaver-exquisito en base a versos de algunos poetas de nuestra insuperable Generación del 50, del que, gracias a la buena disposición de Thorndike por brindarme una copia del mismo ("sabía que alguien me lo iba a pedir ahora, y hasta traje un disco con el archivo... pero ya no lo encuentro... te daré la copia del texto... tendrás que trascribirla...), me he permitido extraer unos párrafos que me parecieron significativos:


"... Desde el número inaugural y la memoria de Adán, que inspiró, además, el nombre de la publicación, coincidente con el de nuestra universidad, han pasado años y asuntos , urgencias y momentos críticos, y se han declarado ausencias también entre nosotros. Uno que partió fue nuestro querido Wáshington Delgado, maestro siempre. Habíamos planeado una conversación con Paco Bendezú y ya no estuvo. Cecilia Bustamante recibió los primeros ejemplares de Martín dedicado a ella apenas una semana antes de su muerte (...).


En verdad, conversan los poetas...


Amo la rabia de perderte, nos dice César Moro, tu ausencia en el caballo de los días, tu sombra y la idea de la sombra que se recorta sobre un campo de agua.

Me había olvidado de quedarme dormido a la intemperie, se oye a César Calvo, sobre un pecho como sobre una llanura inacabable / donde las maravillas de cada día crecen / sin sobresaltos / y los ciegos hallan placer en extraviarse / y los amantes que se despidieron para siempre / no temen encontrarse de nuevo por primera vez.

Poesía es esto, responde Martín Adán, lo que eres mi verdad y desatino: / dar el cuerpo a un alma / dar forma a lo infinito...

Habla Westphalen: Empeño manco este esforzarse en juntar palabras / que no se parecen a la cascada ni al remanso / que menos transmiten el ajetreo de vivir. / Y después: Con frases en tropel no llegan a simular / Victorias jubilosas de la sangre / o la quietud del agua sobre el suicida. /

Dice Bendezú: (Yo no sé si la voz no es más que un sueño / ni si el amor es un casto paroxismo de amapolas.) / Yo sé que las estatuas sorben llanto en la arboleda. / Yo sé que el otoño acumula silencio en las botellas. / Yo sé que en la estación los guardagujas duermen. / Solamente un solsticio de sordas mariposas, / o esqueletos de gallos / cantando eternamente por albas que no rayan. /

Vuelve Martín: Triste y tierna, la rosa verdadera / es el triste y el tierno sin figura / ninguna imagen de la luz primera.

Y dice Romualdo: ¿Qué mano te sustenta, en quién reposa tu ser inacabable, inacabable rosa que no concluyes de ser rosa? La Rosa esta Rosa. Y no la Rosa de Adán: la misteriosa y omnisciente. Aquella que por ser la misma Rosa, miente a los ojos y a las manos miente. Rosa, de rosa en rosa, permanente, así piensa Martín. Pero la cosa es otra / es otra (y diferente) pues la rosa / es la que arde en mis manos, no en mi mente.

Dice Cecilia Bustamante: Blanca imposible es la rosa / sobre ti sus herméticos contornos. / Ya fuera fuera de mis sueños disipados / es la rosa una entrega / del tiempo concluído. / Y el azar en tu mano / somos nosotros la tregua / otra rosa que el amor devora...

Y Blanca Varela: Esta es mi infancia en esta costa / bajo el cielo tan alto / cielo como ninguno, cielo, sombra veloz, / nubes de espanto, oscuro torbellino de alas / azules casas en el horizonte. / Junto a la gran morada sin ventanas, / junto a las vacas ciegas, / junto al turbio licor y al pájaro carnívoro. / ¡Oh mar de todos los días, / mar montaña, / boca lluviosa de la costa fría!

Dice Juan Gonzalo (Rose): He gastado en mirar, miradas largas; / en amar, largas vidad largas; / y en alegría nada / Ya es hora de sentarme a la sombra de un libro / y ser niño...

Oímos a Belli: Este cuero, estos huesos, esta noche / días hay que no sufren por milagro / el tenedor, las hachas, el cuchillo... /

Me construyo un alma en mi habitación, dice Wáshington Delgado, y la arrojo por la ventana / o la deposito en el cesto de papeles / en espera de la posteridad. Volvía la voz de Martín Adán a decirnos: Poesía no dice nada / poesía se está callada / oyendo su propia voz. (...)