domingo, julio 22, 2007

AHORCADOS EN LA FERIA

La Feria del Libro de Lima, con Italia como país invitado (pero sin Tabucchi ni Barico ni Eco), ha abierto sus puertas la semana pasada en el Jockey Plaza S.C.. Langer, uno de los invitados de lujo, artista gráfico de la revista Somos, no ha podido tener mejor ocurrencia para retratar nuestra realidad editorial; al menos en lo comercial. Aquí el estupendo dibujo aparecido el sábado último en Somos.

viernes, julio 13, 2007

MURAKAMI JAZZ

En la revista de libros del New York Times ha aparecido un breve y curioso ensayo de Murakami sobre su literatura, el mismo que viene con la foto que acompaña esta nota, el autor de "Tokio Blues" en los años setenta (estoy por salir a comprarme "Kafka en la orilla" y "Al sur de la frontera al este del sol"). Murakami cuenta cómo es que se hizo escritor y cuál es su estilo. Me he permitido traducirles, humildemente, dicho ensayo.
Jazz Messenger
Jamás tuve la intención de convertirme en novelista –no hasta antes de que cumpliera 29–. Esto es absolutamente cierto. Cuando era niño pasaba la mayor parte del tiempo leyendo, y cuando me quedaba sumergido en los párrafos de las novelas que leía, en ocasiones me daban ganas de ser uno de aquellos escritores; mentiría si no lo aceptara. Pero nunca creí que yo tuviera talento para escribir ficción. En mi juventud adoraba escritores como Dostoyevsky, Kafka y Balzac, mas nunca imaginé que podría escribir algo que se aproximara a lo de ellos. De cualquier forma, por aquellos primeros años, mi deseo de convertirme en escritor de ficción carecía de esperanza. Continuaba leyendo libros como pasatiempo, y decidí entonces buscar la manera de vivir con tiempo suficiente para dedicarme a escribir. En lo profesional mi negocio estaba en el mundo de la música. Trabajé duro, ahorré dinero, pedí prestado bastante dinero a mis amigos y conocidos, y poco después de que saliera de la universidad, abrí un pequeño club de jazz en Tokio. Servíamos café en la mañana y tragos en la noche. También servíamos algunos platos. Tocábamos discos de jazz todo el tiempo, y los fines de semana teníamos presentaciones de jóvenes bandas locales. Mantuve el club así durante casi siete años. ¿Por qué? Por una simple razón: Así podía oír jazz de la mañana a la noche.

Mi primer encuentro con el jazz ocurrió en 1964 cuando yo tenía 15. Art Blakey y los Jazz Messengers se presentaban en Kobe en enero de ese año, y a mí me había regalado una entrada como obsequio de cumpleaños. Esa fue la primera vez que realmente escuche tocar jazz, y me cautivó. Estaba deslumbrado. La banda no podía ser mejor: Wayne Shorter en el saxo tenor, Freddie Hubbard en la trompeta, Curtis Fuller en el trombón y Art Blakey en la dirección con su acompasada e imaginativa batería. Creo que aquél es uno de los mejores conjuntos de la historia del jazz. Nunca había escuchado música tan maravillosa como aquélla, quedé enganchado al jazz desde entonces.
Un año después en Boston tuve una cena con Danilo Pérez, un pianista panameño de jazz, y cuando le conté mi historia, el tomó su celular y me preguntó: “¿Te gustaría hablar con Wayne, Haruki?” “Por supuesto”, respondí, prácticamente sobre sus palabras. Danilo llamó a Wayne Shorter a Florida y me pasó el celular. Básicamente lo que le dije fue que yo nunca había oído música tan maravillosa como la suya, y que todavía me parecía insuperable. La vida es muy extraña, nunca sabes lo que va a suceder. Aquí estoy, 42 años después, escribiendo novelas, viviendo en Boston y hablando por celular con Wayne Shorter, nunca podría haberlo imaginado.

Cuando cumplí 29, repentinamente sentí que lo que yo quería era convertirme en escritor de ficción –cosa que yo podría hacer. Sabía que lo que jamás podría hacer era escribir textos como los de Dostoyevsky o Balzac, por supuesto, pero me dije que eso no importaba. No quería convertirme en un gigante de la literatura. No obstante, no tenía ninguna idea sobre cómo se escribía una novela ni sobre qué escribir. No tenía absolutamente nada de experiencia al respecto, después de todo, tampoco tenía definido ningún estilo. No conocía a nadie que pudiera enseñarme a escribir, ni amigos con quienes charlar sobre literatura. Lo único que yo pensaba era en que sería formidable que yo pudiera escribir como si estuviera tocando un instrumento. Tocaba el piano desde pequeño, y podía leer bastante música para seleccionar una melodía simple, pero no tenía el tipo de técnica para convertirme en un músico profesional. Sin embargo, dentro de mi cabeza sentía a menudo cómo mi propia música se aremolinaba alrededor de mis ideas, formando ricas y poderosas oleadas. Me preguntaba si era posible transferir esa música a la escritura. Así fue como mi estilo empezó a formarse.

Tanto en música como en ficción lo más importante es el ritmo. Tu estilo necesita tener buen ritmo, ser natural, constante, o la gente no terminará de leer tu trabajo. He aprendido la importancia del ritmo a través de la música –y principalmente del jazz. Luego viene la melodía– lo que en literatura significa el orden apropiado de las palabras para mantener dicho ritmo. Si la manera en que las palabras marcan el ritmo es suave y hermosa, no puedes pedir nada mejor. Después viene la armonía –el sonido mental que sostiene a las palabras–. Y finalmente está la parte que más me gusta: la improvisación. A través de algún conducto especial, la historia viene manando hacia fuera libremente desde adentro. Todo lo que tengo que hacer es conseguir estar dentro de ese flujo. Finalmente viene la pregunta acerca de qué cosa podría ser lo más importante: el estado de éxtasis que experimentas al terminar un trabajo – sobre terminar tu “performance” y la sensación de que se ha tenido éxito en alcanzar un lugar que es nuevo y significativo–. Y si va todo bien, consigues compartir ese sentido de elevación con tus lectores (tu audiencia). Ésa es una culminación maravillosa que no se puede alcanzar de ninguna otra manera.

Prácticamente todo lo que sé sobre escribir, lo he aprendido de la música. Y aunque suene paradójico decirlo, si no hubiera estado obsesionado con la música, no me hubiera nunca convertido en novelista. Sea como fuera, casi 30 años después, lo mucho que continúo aprendiendo sobre escribir, proviene de escuchar buena música. Mi estilo está profundamente influenciado por Charlie Parker; sus repetidos y sincopados acordes a los que F. Scott Fitzgerald se refería como “una prosa fluyendo elegantemente”. Incluso tomo todavía la calidad de los continuos “solos renovados” de Mile Davis como un modelo literario.
Uno de mis pianistas favoritos de todos los tiempos es Thelonius Monk. Cuando alguien le preguntó cómo había hecho para obtener aquellas certeras melodías que le arrancaba al piano, Monk, apuntando al teclado, dijo: “No puede haber ninguna nueva nota. Cuando miras el teclado, todas las notas ya están allí. Pero si persigues el medio de una nota lo suficiente, la nota sonará diferente. ¡Entonces conseguiste escoger las notas que realmente importan!”. Frecuentemente recurro a estas palabras cuando estoy escribiendo, y me digo “Esto es verdad. No hay ninguna palabra nueva. Nuestro trabajo es obtener nuevos significados e insinuaciones especiales de palabras absolutamente ordinarias.” Encuentro este pensamiento tranquilizador. Significa que los vastos, desconocidos horizontes del lenguaje todavía mienten antes de nosotros, los apenas territorios fértiles nos esperan para cultivarlos.

By HARUKI MURAKAMI
Published: July 8, 2007. Haruki Murakami’s most recent book is a novel, “After Dark.”. New York Times.

jueves, julio 05, 2007

EL JAZZ Y SUS ESTILOS

Debido a mis lecturas un tanto desordenadas en estos días, me animo a compartir algo de mi desorden con ustedes. Esta vez algo sobre el jazz (y quizás buscando algo sobre Cortázar es que llegué a pensar en el texto siguiente).
Como todo arte, el jazz maneja sus propios códigos. Su lenguaje. Pero, a diferencia de muchos otros, el jazz ha sido siempre un asunto de pocos. De una minoría. El estilo más antiguo, considerado tal por la crítica, es el Ragtime (algo así como “música despedazada”) surgida en Nueva Orleans hacia 1890. Algunos no consideran estos breves, pero importantes, diez últimos años del siglo diecinueve como una fuente de jazz. No olvidemos que el blues estaba desde mucho antes, desde 1850, y es la columna vertebral del jazz. Entre todas las polémicas, lo cierto es que Nueva Orleans ha sido la ciudad más importante en el surgimiento del jazz. Mas no ha sido la única ciudad. Estilos semejantes se tocaban en Memphis, Kansas City, en Dallas y en San Luis y en muchas otras ciudades del sur de los Estados Unidos. Se ha señalado el estilo de Nueva Orleans (1900) como el primero de la música jazz. Pero antes de producirse el estilo de Nueva Orleans existía ya el Ragtime. La capital del Rag no fue Nueva Orleans sino Sedalia, al sur de Misouri. Era un estilo básicamente a piano, bastante formalón, o sea, sin improvisación, semejante a los valses de Strauss; y como todavía no se había inventado el fonógrafo, no queda mucho indicio de él, salvo algunos “rollitos”, de esos que se ponen en los pianos mecánicos para que los reproduzca.

Inclusive, en los años treinta, en la época del swing, fueron algunos pocos los que reconocieron el valor del jazz de los músicos negros; excepto por algunos discos. Vale decir que toda la música está impregnada de jazz: desde el charleston, hasta el rock, el funk y la música disco. Y no hablemos de la fusiones: funkyjazz, eterealjazz, latinjazz, etc. Todo esto se debe a que el beat (el golpe, el ritmo) llegó a la música occidental a través del jazz. Obviamente el jazz, como todo arte que sobrevive al tiempo, ha desarrollado estilísticamente. Esto no quiere decir que el jazz ha matado un estilo para crear otros y otro y otro. No. Sucede que el jazz, en su condición ecléctica, impura, se ha sabido alimentar de los estilos primarios para crecer. Esto corresponde a un factor de época, de gustos, de expresiones, de filosofías, puesto que el jazz es humano y por tanto es una especie de traductor musical del reflejo que recibe el hombre del mundo.

El estilo Dixieland (1910), conocido como el jazz de blancos, corresponde al período previo a la Primera Guerra Mundial, en la que todo era un alegría despreocupada, puesto que nadie sabía de las atrocidades que el mundo padecería luego. En el estilo de Chicago (1920) notamos el nerviosismo y la intranquilidad de los “alegres años veinte”. El Swing (1930), por el contrario, rescata la tranquilidad y seguridad del período entre guerras. Una tranquilidad ficticia, puesto que nadie esperaba que El bebé de Rosmery creciera convertido en Adolfito Hitler y su Segunda Guerra Mundial, así es que cantaban el amor por la vida. En cambio el Bebop (mi favorito, el de Charlie Parker, en los cuarenta) es un estilo nervioso, inquieto, personal, abreviado, fragmentario, frenético. Miles Davis, en 1945, a los 18 años, tocaba en el quinteto de Charlie Parker. El estilo “nervioso” de Miles, a lo Dizzy Gillespie, luego cedería al de una forma equilibrada y “cool”, iniciando un nuevo estilo que sería llamado Cool Bop (1950), que respira de la resignación de los seres humanos, viviendo en un mundo de aparente calma, pero a sabiendas de la famosa Bomba H. El Hard Bop, en esa misma década, es un estilo fundado en la protesta. Una tibia protesta que pronto cedería al conformismo mediante el funk y el soul. Esto llevaría al Free Jazz (1960), importantísimo en los movimientos de negros por los derechos civiles y manifestaciones estudiantiles, las más de ellas, violentas. Luego vendría el Jazz Rock en los años setenta, un estilo más consolidado. Después, en los ochenta, vendría un jazz bañado por el escepticismo de los hombres; es decir, se desconoce la finalidad de la tecnología y se cuestiona la existencia de la misma.

Así, en el jazz, como en todo arte auténtico, su desarrollo se ha llevado con la lógica, la necesidad y cohesión que caracteriza a las más altas expresiones del hombre. Como ya lo dije, ningún estilo reemplaza a otro. Cada uno recoge en sí mismo al anterior... y a todos los anteriores. Es decir, tomando una especie de paradoja, podríamos pensar que el desarrollo del jazz está impregnado por una tendencia caníbal.