sábado, mayo 17, 2008

LA HÚMEDA PIEL DE LOS PECES


Conocí al poeta-oficinista a comienzos del siglo XXI, cuando él contaba con 25 años mientras que yo estaba por cumplir los treinta. Me recuerdo exageradamente emocionado durante la víspera de mi primera treintena, pues desde muy joven anhelaba cumplir cuarenta años. Una década no es nada, me decía frente al espejo en esas mañanas. Lucir como algunos de mis actores y escritores favoritos en sus respectivas cuatro décadas, era mi motivación.


Las circunstancias en que nos involucramos el poeta-oficinista y yo, no vale la pena rememorarlas, pues rayan en lo cotidiano de labores corrientes. Bastará con saber que la italianidad de nuestros apellidos y nuestra afición por la lectura, no tardó en engancharnos. A las semanas ya estábamos compartiendo libros y sin pensarlo, amistades. Él frecuentaba a un grupo de muchachos desaliñados que pronto atrajerón mi atención. Se hacían llamar los Tres Veces Dulce. Poetas y punto. Yo, había desistido de la poesía hacía menos de un año, y estaba empezando la clandestina escritura de prosas sueltas. Mi tema era las contradicciones que embisten a los artistas cuando se topan con el mundo tangible. Y más, posibles resultados de aquellos encuentros, o desencuentros.


Piero Buccardo, tal era el nombre del poeta-oficinista, era hijo único. Se había hecho economista a decisión de su padre. No obstante era un muchacho inteligente, aunque tímido. Era aficionado al arte y había rechazado varios empleos. Vivía por su cuenta desde que terminó la universidad. Me contaba que el mismo día de la graduación le vino a la mente lo que sería su futuro, y de inmediato emergió sin control una rebeldía abrumadora. Traía la barba rala y crecida, el pelo largo sobre la nuca. Siempre lo hallaba en yines y camisetas y calzaba botines de cuero. Alguna chompa o casaca en invierno. Me recordaba un poco lo que yo fui. Era un tipo delgado, no muy alto, casi de mi tamaño. Cuando charlábamos, pronto manaba su aliento a vodka y tabaco. Albergaba en su mirada el brillo propio de una adolescencia cercana. Piero Buccardo, como sabemos los pocos que íbamos a visitarlo, vivía en la azotea de un altísimo edificio frente al mar de la Costa Verde. Estar a su lado y en su “refugio”, platicando de lo que nos gustaría hacer en realidad mientras veíamos la puesta del Sol entre cigarros y gaviotas, resaltaba lo estúpido de mi empleo.
Su apartamento era sencillo y su abuela lo ayudaba con la renta, me decía. Tenía dos piezas, incluido el cuarto de baño. Posee, como único usuario del amplio techo, una anchurosa terraza de cemento pulido que disfruta a plenitud, aun en invierno, sin mayor compañía que bulliciosas gaviotas y ocasionales gallinazos encaramados al parapeto, o merodeando el cilindro de basura. Por entonces yo todavía vivía con mis padres, y me apenaba confesárselo, o reconocerlo. Sus enceres eran los necesarios para alguien que vive solo y no gusta de invitados. Es decir: una mesa de pino enfrentando al mar y sólo una silla junto a la ventana del mar, un pequeño juego de vajilla en porcelana blanca, un tenedor, un cuchillo de mesa y uno de cocina, una cuchara de sopa y otra de té, un cucharón mediano y una ligera sartén, dos vasos anchos de cristal genovés. Había dispuesto, al fondo de la habitación de cuatro por seis, una cama de plaza y media, tres anaqueles colmados de libros y discos compactos sobre la cabecera. Encima del velador obraba un redondo y demente reloj despertador que se disparaba sin control en horas indecibles, heredado de su amigo Renzo, líder de los Tres Veces Dulce a quien no conocí. Al pie de la cama, un antiguo y pesado equipo de sonido, dos cajas engordadas con ropa que nunca ha ceñido su cuerpo. En las paredes de un verde desteñido por la resolana, pocas camisas y casacas colgadas mantienen en tensión a tres colgadores. Próximo a la ventana lateral del ingreso, una pequeña nevera blanca con manija de automóvil, casi recostada a una cocinilla gris de dos hornillas sobre una mesita oscura; una hornilla jamás ha encendido por completo. Y cuando esto ocurre, es decir, cuando una de ambas hornillas se enciende con decisión, calienta sopas instantáneas en horas inapropiadas, o bien hierve un poco de agua o calienta café o pizza o pollo traídos a domicilio. Casi nadie conoce al último inquilino, me dijo una vez el conserje cuando pregunté por Piero Buccardo. En otras ocasiones enciende la solicitada hornilla para incinerar papeles, me confesaba. Por lo general entrada la noche y con un Camel a mano. Páginas estrujadas antes arrancadas de alguno de sus cuadernos en los que escribe lo que podría llamarse “su fallida bitácora”; y acaso no sea tan propio lo suyo, sino episodios de alguien que tan solo él conoce o cree conocer, cuando no algunos versos que nunca logran convencerlo de nada. No obstante, las más de las veces, lo que allí arde son apuntes sobre un proyecto que ignora si lo será; y no porque estos apuntes carezcan de interés, sino porque los proyectos, para que sean considerados tales, le corregía yo, ostentan la porfiada característica de exigir un final. En todo caso cabe pensar por tanta incertidumbre, que tal vez lo que fuera hasta hoy su proyecto de vida, es aún geografía huidiza e inexplorada para él, a pesar de que ya le esté reclamando un final; o tal vez un inicio por donde desmadejarse. No lo sé. Yo mismo no sabía cómo ordenar mis historias, o los episodios de una historia. Luego me vino un orden imaginado y todo se me puso a prueba. Cayeron casi un tercio de las páginas.


He ido a buscarlo un par de veces desde que volví de viaje por este trabajo mío que me tiene de gitano. No he tenido suerte en hallarlo. Qué extraño. El poeta-oficinista apenas si abandona su terraza, eso lo sé muy bien. Prefiere al mundo minúsculo y mortífero apreciado desde lo alto. “El mar, húmeda piel de pez destellando al sol”. Suele elegir el disfrute del vasto horizonte marino dominado desde su refugio, una desigual curvatura extendida de edificios y acantilados labrados por el mar. O devorados por la neblina que se agolpa contra todo en invierno. Veo su ventana, su cama, la mesita con un cuaderno abierto manchado de tinta, las delgadas manos de Piero palpando las páginas, un suspiro y sus ojos volteando a verme. Frases de una insólita inocencia, de una peculiar belleza y, tal vez sin meditación previa de Piero, también de una apabullante honestidad. Eso percibía yo en sus versos. Algo de envidia me corría por las venas. Ya lo veo. Lo cierra como cada noche o amanecer. Acomoda las hojas sueltas que escapan al bordillo del empaste. Lo ata con una soguilla de empaque y sobre una hoja en blanco escribe a lo largo con letras gigantes: Península. Así llamará a lo suyo, me dijo la última vez mientras doblaba esa hoja y la escondía entre las páginas de su adelgazado cuaderno. Península, repetí entonces. Península, me digo frente al mar, en soledad, hoy que estoy a punto de renunciar a mi trabajo. Hoy que he venido a buscarlo y que el viejo conserje no me sabe dar razón de nada. Me he echado a andar por el malecón fumando un cigarro. Contando ventanas de vértigo. Completando en mi cabeza el cornisamento que la niebla le ha robado a los edificios. Este invierno lo endurece todo desde muy temprano. Estoy a punto de cumplir cuarenta años y ya no sé si realmente quiera cumplirlos tan pronto. Eso quería contarle al poeta-oficinista después de tanto tiempo. Eso, y que estoy a punto de renunciar a mi trabajo.

martes, mayo 13, 2008

EL PRIMER IRON MAN


Iron Man no posee poderes sobrenaturales. Pertenece a esa legión de superhéroes nacidos de ellos mismos, en que algún conflicto personal los enfrenta a su entorno, transformándolos sin remedio. Mis favoritos. Tal es el caso de Batman, cuyo origen fue tratado en 2005 con una mesurada inteligencia y sutileza por Christopher Nolan en Batman Inicia. Así, Bruno Díaz y Anthony Spark, el científico dentro de la armadura de Iron Man, son seres privilegiados por billones de dólares y genio propio que les permite disponer de tecnología de última generación en su lucha por la justicia. Otro es el caso del Hombre Araña o del Increíble Hulk, por ejemplo, que no disponen de fortuna y cuyos poderes provienen de accidentes de ciencia.

Uno de los muchos aciertos del director Jon Favreau en esta primera versión de Iron Man, es haberse ceñido a la mítica historieta de Stan Lee (N.Y., 1922) Tales of Suspense aparecida en 1963. Antes, Stan Lee moldeó la figura de Tony Stark inspirado en el excéntrico multimillonario inventor norteamericano Howard Hughes (1905-1976), el mismo que personificara Leonardo Di Caprio en el fallida El Aviador (Scorsese, 2004). Como recordamos, el cómic Iron Man apareció mientras se libraba la guerra de Vietnam. Un perspicaz Stan Lee toma como plataforma ese conflicto bélico para lanzar a su Hombre de Acero al mundo, otorgándole un polémico escenario que se hallaba en la pupila pública, garantizándole atención. ¿Pero cómo?

Industrias Stark había inventado un aparato llamado Minitransistor para ayudar a las tropas estadounidenses, por lo que el presidente y principal inventor de la compañía, Tony Stark, viaja a Vietnam. Al llegar, descubre que su fábrica había sido saboteada, y es emboscado por el general vietnamita Wong Chu. Al intentar escapar Tony Stark activa una bomba. La explosión lo hiere, incrustándole esquirlas en el pecho que lastiman su corazón. Wong Chu lo captura y lo obliga a desarrollar armas para los vietnamitas. En su celda, ayudado por otro científico prisionero, construye una armadura que lo ayudará a escapar y mantener a salvo su corazón. Sin embargo la armadura todavía no contaba con la energía suficiente cuando Wong Chu se percata de que algo andaba mal con los científicos, y decide dar la voz de alarma. Su compañero científico sale corriendo para distraer a los guardias, pensando en ganar tiempo para que la armadura cargue energía. Pero es abatido por los soldados. Tony Stark, con la armadura cargada parcialmente, sale a enfrentarlos, vengando la muerte de su amigo y escapando a EE.UU. Allí decide utilizar la armadura para combatir el mal.

El modelo clásico (mostrado en el cómic entre 1965 y 1985) de la armadura roja y amarilla que protege el corazón de Tony Stark y que amplifica sus fuerzas, ha tenido básicamente tres prototipos. Luego se ha ido adaptando a los diversos campos de batalla (aire, mar, tierra, fuego, espacio exterior) a lo largo de más de cuarenta años. Sin embargo, acertadamente, Jon Favreau eligió para su Iron Man no los prototipos de Stan Lee, sino los aparecidos en los recientes cómic de Iron Man, Historia Extremis, ilustradas por Adi Grandy. Es decir, las armaduras Mark I (a base de chatarra improvisada), Mark II (el primer diseño gris y liviano en Industrias Stark) y Mark III (la hermosa armadura de titanio en aleación de oro y escarlata) modificadas por Stan Winston ("Parque Jurásico", "Aliens", Terminator") y sus artistas de efectos especiales para el cine, se pueden apreciar en los cómic actuales.

Esta primera versión cinematográfica de Iron Man, que muestra el nacimiento del Tony Stark como héroe, posee el atractivo de situarse no en los sesentas, como el cómic, sino en nuestro presente, en que gran parte de la tecnología soñada en un pasado para el futuro, es ya una realidad. En plena era de la robótica, sucede en Iron Man que los asistentes-robots de Tony Stark (un Robert Downey Jr. destacable) son capaces de arrancarnos divertidas carcajadas, e incluso cómico suspenso (el robot que sostiene un extintor y que amenazan con donarlo a una universidad). La toma de consciencia de Stark luego del atentado lo sensibiliza a pesar de la frivolidad armamentista que lo alimentaba hasta entonces. La demostración de un invento, la emboscada y el secuestro suceden no en Vietnam, sino en Medio Oriente. Un mediático gancho político-comercial que no sorprende, y que pienso funcionó si lo que se buscaba era “actualizar” a un héroe de hierro nacido en plena época hippie. El constante e indetenible devenir de las ideas de un genio, enfrentadas a la esencia cotidiana del ser humano. De otra parte, la ambición no solo por el dinero sino además por el poder, engendra a un peligroso rival que se pensaba era de la confianza de Tony Stark. Me refiero a su mano derecha, el maquiavélico y calculador ejecutivo Obadiah Stane.

Tan fascinantes como divertidas y “reales” son las escenas de acción. De entre todas, más que la lucha contra el gigante Iron Monger operado por Obadiah, son las de los vuelos (y aterrizajes) del Hombre de Acero. Inolvidables. Iron Man pone al descubierto la mortífera posibilidad del “ejército de un solo hombre”. Una compacta y devastadora máquina nuclear de combate no con inteligencia artificial, como las imaginadas de hoy en día, sino con un cerebro y corazón humanos fundidos nerviosamente por computadoras con sensores, velocidad supersónica y una atractiva e impenetrable armadura.


Más de un guiño con lo que sería la secuela de Iron Man nos ha sido mostrado en esta primera producción. El primer pero no principal enemigo, Iron Monger, ha sido aparentemente vencido. Pero si somos fieles a las páginas del cómic y pensamos en las secuelas de Batman o de Spiderman (por ejemplo), y llegamos así al Guasón y al Pingüino, y al Duende Verde y a Venom, ¿por qué no pensar en los otros mortales enemigos de Tony Stark?. ¿Aparecerá Justin Hammer, hombre de negocios empecinado en destruir Stark Enterprise? ¿Quién de los múltiples villanos contratados por éste será el que luche contra Iron Man próximamente? ¿Mandarín? ¿Livin Láser? ¿Kang el Conquistador? ¿Blacklash? Cualquiera que fuera, sea bienvenido.

viernes, diciembre 21, 2007

GODARD: PREFACIO DE UNA BIOGRAFÍA INCOMPLETA


Esta semana me había decidido por fin a escribir algo sobre Bergman desde su muerte. Anoche volví a ver su última película, Saraband, y me recorrió el mismo frío en el corazón de la vez anterior cuando la vi en soledad. Luego, pensando en cómo enlazar en a lo más dos páginas un texto acerca de dos películas suyas (“Secretos de un matrimonio” y “Saraband”) que se complementan, salí por un café y luego, de puro curioso, asomé las narices por “El Virrey” y me topé con un libro que ya había desistido buscar: “Godard”. Bergman esperará con la paciencia que lo caracterizó cuando vivo, mientras los dejo con esta interesante introducción hecha por Colin MacCabe, autor de la biografía y amigo personal de Jean-Luc. Aparte, hoy presentan la revista Godard! en el Centro Cultural de la PUC a las 7:30 pm.

‘En 1984 o 1985, Peter Biskind, por entonces director de American Filme, me animó a escribir esta biografía. Planteé la idea a Godard, quien pareció coincidir con mi desagrado de la biografía como género y compartir mis dudas acerca de lo satisfactorio de la tarea. Dos años más tarde me preguntó cómo avanzaba el trabajo, y esto me estimuló a desterrar mis dudas y a preparar un tratamiento detallado. A comienzos de los noventa, sin embargo, estaba claro que Godard ya no abrigaba ninguna fe en el proyecto.

En los noventa tuve la suerte de transmitir dos encargos a Godard y a su compañera Anne-Marie Miéville: “2x50 ans de cinéma français (1995)” y “The Old Place (1998), y dejé de lado indefinidamente la biografía. En el verano de 1999 Godard me escribió una carta muy generosa sobre nuestras realizaciones anteriores, pero advertía que eran improbables nuevas colaboraciones.
Después de recibir esa carta pensé seriamente en la biografía. El problema inicial de cualquier biografía continúa en pie: cada vida es infinita, y sus conexiones, demasiado complejas, dan lugar a planteamientos que desembocan en un montaje arbitrario. Sin embargo, el hecho de que mi personaje estuviera vivo ofrecía la solución. Una biografía de una persona viva es necesariamente incompleta, pero un sujeto vivo brinda la posibilidad de un retrato: en este caso, una serie de tomas sobre la vida y el trabajo de Godard. Y ésta es la tarea que da el impulso real para esta biografía; la tarea más sorprendente, intrigante e iluminadora del arte de mi tiempo.
El primer momento de epifanía fue inesperado, sentado en un cine de París en enero de 1967, viendo una película en una lengua que no comprendía, pero que aportaba, imagen tras imagen, una belleza de la que antes no había sido testigo. En los años siguientes, el compromiso con el maoísmo y con el feminismo le convirtió en un constante punto de referencia, y luego, cuando realizó un nuevo examen del canon del arte y la cultura occidentales (que iba a alcanzar su culminación en “Historoire(s) du cinéma”), nuestros caminos se cruzaron abiertamente.
En su ámbito de referencia –la historia del cine, la historia del arte, la historia del marxismo–, el trabajo intimida tanto como la vida del personaje.

(…) El primer capítulo es una historia familiar. La familia materna de Godard, los Monod, son una de las grandes estirpes protestantes de Francia. Los Godard, si bien menos famosos, también son protestantes, y en ambas familias hay un movimiento entre Francia y Suiza, que tal vez haya sido la característica externa más constante de la vida de Godard.
Balzac pintaría así a un personaje nacido de la sangre más azul de los calvinistas suizos hugotenes franceses, metidos hasta el cuello en la historia de Europa, trasladado a París a tierna edad y que, con su mundo roto a través del divorcio de sus padres, descubre el cine y América, una promesa y un nuevo mundo. Y en este mundo tenía sus profetas: el gordo Henri Langlois, el más encantador de los promotores, y el flaco André Bazin, un verdadero santo. Este capítulo considera a esas figuras desde el punto de vista intelectual, por qué fue en Francia donde el cine se reflejó en su propio pasado y no se limitó a producir una revista,.Cahier du cinéma, sino una estética que iba a revolucionar el mundo del cine, cuando los jóvenes críticos de los Cahiers cambiaron las plumas por las cámaras y se convirtieron en la Nouvelle Vague, la “Nueva Ola”.

No resulta difícil imaginar lo divertido que debió ser compartir esos años con Rohmer, Truffaut, Rivette, Chabrol, Gégauff, Bitsch y Schiffman. Crucial en la transformación de los críticos en realizadores fue una estética que también constituyó un nuevo modelo de hacer cine, y este nuevo modelo, con su tecnología ligera y sus equipos reducidos, es uno de los elementos en los que se centra el tercer capítulo. El otro elemento lo aporta Anna Karina, la estrella de siete de las doce películas que Godard filmó entre 1960 y 1966, y su primera esposa. Aquí el centro de interés es la historia de las películas en sí, conforme seguimos el rastro de una de las realizaciones creativas más importantes de las historia del cine.

Pero cuando Godard completa “Week-end” en 1967, escribe en los créditos de cierre “Fin del cine”, pues el sueño de la Nouvelle Vague se había desintegrado a todos los niveles, desde el personal, con el fracaso de su matrimonio, hasta el político, en el que los americanos, liberadores en 1945, se habían convertido en los opresores imperialistas en Vietnam. El cuarto capítulo se sitúa en la perspectiva de la historia política, para entender el abandono por Godard del cine convencional para comprometerse con la revolución maoísta, proclamado en la anticipadora “La Chinoise”, una película que hizo con su nueva esposa, la estudiante Anne Wiazemsky. Esta perspectiva política ilumina los filmes militantes del periodo posterior a 1968, y explica los vínculos entre política y estética que sostenía el Grupo Dziga Vertov, fundado por Godard con un joven maoísta, Jean-Pierre Gorin.

Estos cuatro primeros capítulos dibujan cuatro clases distintas de historia para aportar los necesarios enfoques sobre Godard: historia familiar, historia intelectual, historia fílmica e historia política. La mayor parte del capítulo quinto no pretende en absoluto alcanzar la categoría de historia. Se trata de unas memorias: su enfoque determinante viene dado por mi propio contacto con Godard durante los años ochenta y noventa, cuando le veía una o dos veces al año, siempre en relación con proyectos específicos y, casi siempre, muy brevemente (…).
(el libro) Su premisa inicial es que el cine de Godard se cuenta entre lo más importante del arte europeo de la segunda mitad del siglo XX. El propósito del libro es reflejar el despliegue histórico de ese arte, y su ambición consiste en encontrar una amplia audiencia tanto para la bien conocida obra godardiana de los sesenta como para la menos conocida de los setenta y ochenta y noventa.’

Colin McCabe
Paris, 9 de enero de 2002 – Pittsburg, 9 de enero de 2003
“GODARD”, editorial Seix Barral 2005

domingo, octubre 28, 2007

EL GOL DEL RETORNO

Hacía bastante tiempo que no gritaba con tanta alegría un gol. Es decir, goles reales: pues las conquistas en Play Station muchas veces exceden cualquier habitual festejo entre mis amigos. El día apenas empezaba y ya me arropaba el letargo de una pereza dominical. Como cada domingo había decidido no abandonar mi habitación, y sentarme en algún rincón a ver, leer o escribir todo lo que tenía postergado en contra de mi voluntad (!Oh, pulpo del laburo!). Miraba la torre de películas de Bergman y me preguntaba si vería hoy la continuación de “Secretos de un Matrimonio”, “Saraband” la que fue su despedida, su último largo, el rencuentro entre Marianne y Johan después de treinta años, en que los mismos protagonistas, Liv Ullmann y Erland Josephson, desencontrados por la rebeldía de sus individualidades, cotidianeidad, amor y desamor pasados, se reunían en el otoño de sus vidas en busca de alguna respuesta o gesto evadido, mientras reconstruían para ambos el tiempo ya ido que cada cual no compartió con el otro. Me embargó una breve melancolía al recordar la reciente muerte del genio de “Linterna Mágica”. Lo mismo cuando pensé en el viejo Sven, su iluminado director de fotografía. "La vida está hecha de despedidas”, me dije sin remedio. La idea de no abandonar mi habitación pareció cobrar un brillo inusitado. Barajé también la fuerte posibilidad de sentarme a terminar de leer “Kafka en la Orilla” de Murakami (semi-abandonada luego de la página 202: “–¡Exacto! –dice Óshima–. Ésta es la génesis de cualquier historia. Un gran cambio. Una inflexión inesperada. En cuanto a la felicidad, sólo existe de un tipo, pero si hablamos de infortunios, los hay de mil tipos distintos.”). Aunque lo pensé, sabía que si hoy cogía “El Viaje” de Pitol me privaría de saborear las calles de Praga, Leningrado o Tiflis en primavera, recorrer hoteles con vista a enrojecidos techos a dos aguas y degustar opíparos y prolongados banquetes ofrecidos por los guardianes del bosque literario ruso camino al trabajo, "mi viaje" habitual, como lo venía haciendo cada día desde hace menos de un mes, y eso era algo que no me lo perdonaría; más todavía cuando cada mañana, mientras subo las pocas escalinatas que conducen de la calle a mi oficina, me salta a la cara tan de pronto el gesto de clemencia que imagino contiene el decrépito rostro de la siempre joven Ariadna, hija de la poeta Marina Tsvietáieva y del escritor Serguei Efron, entregada a rescatar del olvido el condenado legado literario de sus padres y de esto, sólo me enteré por Pitol. También estaba entre mis claustrofóbicos planes sin orden alguno, abrir al azar (como siempre, como si no hubiese alguna otra forma) “Escrito a Lápiz” de Walser y luego, como empujado por alguien o por el viento, balancearme con cierta cadencia y retomar la escritura de mi novela que trata sobre un telón que deja escapar inconclusas escenas y voces de un mundo que ya nos espera, y sobre la metáfora de un muro que se supone la génesis de todo. O levantarme de mi cama, coger la wincha y medir por centésima vez la crecida hornacina entre una columna y la puerta, espacio que será cubierto por una biblioteca que pienso mandar a fabricar para aliviar la mesa de mamá, y que todavía no me decido a hacerlo. Mis máximos esfuerzos debían contemplar también ordenar mi mesa, o la mesa que mi madre dejó olvidada en mi habitación años atrás, y que hoy, a pesar de seguir siendo la misma mesa, ya es también estante, biblioteca, velador, consola de música, almacén de DVDs y, por supuesto, el lugar donde me siento no a escribir ni a leer, sino a tomar alguna comida fortuita, con la ventana abierta pero jamás de par en par frente a mis ojos, por donde cruzan conversaciones y personas que no reconozco, o que ya he olvidado, junto con el distraído ronronear del tráfico en la avenida. Recordé que anoche había comprado un sánguche de hamburguesa para el desayuno de hoy, y con eso, más el saldo de la Pepsi junto a la torre de películas, tenía arreglado el almuerzo. Encontré una servilleta debajo de mi mesa, doblada con escrúpulo para ser desperdicio, y la abrí. No pude dejar de martirizarme luego de leerla, pues se trataba del epígrafe de una de mis novelas que todavía ni siquiera sabía de qué trataría. El fragmento era firmado por Camus: “Los mártires, querido amigo, deben elegir entre ser olvidados, escarnecidos o utilizados. En cuanto a ser comprendidos, nunca.” La guardé con cuidado y resignación debajo de la torre de libros, odiando mi entorno, deseando escabullirme de todo dentro de los audífonos conectados a mi portátil, y sentarme en una esquina adormilada por Chet Baker. Pensaba, además, en por qué había dejado de escribir en mi blog. La respuesta era la misma: ya no me placía hacerlo; cuando de repente me fueron leídas por Julito Cortázar (con esa voz de gaucho afrancesado que le conocí por un disco) unas líneas de “Diario de Andrés Fava”, memorizadas sin voluntad, al respecto de André Gide: “Cómo el convertirse en un escritor es menos escribir ciertas cosas que resignarse y decidirse a no escribir muchas otras.” Fue entonces que me sentí bien por todo lo que no había escrito ni pensado en escribir y que no escribiría jamás. Poco después, o quizás en simultáneo, me dije o me decía tengo ganas de volver a postear. ¿Cine?, ¿literatura?, ¿música? ¡Lo que fuera! Se me había abierto el apetito. La Pepsi y la hamburguesa no me bastaron. Llegué a la cocina y mientras husmeaba la panera, encendí el televisor. La imagen no se completaba todavía, o yo le di la espalda muy pronto, no obstante escuché algunos nombres. ¿Eboe? ¿Gerrard? ¿Gallas? ¿Almunia? Estaba jugando el Arsenal (“mi” Arsenal, ay, Tití, por qué me abandonaste) con el Liverpool… perdíamos uno contra cero y corría el minuto setenta del segundo tiempo. Ya tenía en la mano un vaso de yogurt helado y me acomodaba los rulos con la otra mano, sentado frente al televisor. Atacaba el Arsenal, los comentaristas argentinos decían que el partido se había vuelto desordenado debido al gol madrugador de Gerrard a los diez minutos del primer tiempo; yo me acomodaba en la dureza de la silla a un paso de la tele, bebía yogurt, el Arsenal atacaba peligrosamente, insistía en su ofensiva, y de pronto una confusión en las últimas líneas del Liverpool: un central mantiene la marca de Joe Walcott que escapaba en diagonal del centro hacia la derecha, Adebadyor, en zancadas zigzagueantes, consigue arrastrar la marca de un defensa y un volante y así se abre una brecha por donde se cuela, o aparece de la nada, Cesc Fábregas encarando el arco, pisando el sector izquierdo del área de penal, de inmediato, un pase al vacío da un leve bote delante de él, el mano a mano con el portero es inevitable, los defensores retornan apresurados y lo perseguguen resignados, alzando un brazo, mirando al juez de línea, pero todo continúa... el portero le sale en cruz a Fábregas que apenas si controla el balón, el puntillazo sobre la pelota estirando la marca, los gestos en las tribunas... el gol del empate… ¡GOOOL!... grité desaforado como hacía tiempo no gritaba, ¡GOOL!, y bebí de un trago lo que me quedaba de yogurt… fui por más pero lo que había era una cerveza camuflada entre lechugas y tomates. Lo que siguió del partido fueron desesperados ataques de ambos lados. Entre ellos un disparo de fuera del área de Fábregas que remeció el palo derecho del Liverpool… poco después el arbitro pitó el final del encuentro. Me sorprendí extrañamente contento, en la puerta de la calle, con una cerveza en la mano. Saludaba con entusiasmo a mis vecinas que hacía mucho no veía; ellas no disimulaban sus sonrisas por mi facha. El Arsenal se mantenía puntero en la Premier League, y yo, poco antes de terminar mi cerveza y volver a la anhelada orfandad de mi habitación, ya había decidido volver a postear.

domingo, septiembre 09, 2007

MAX ROACH: LA SOLEDAD DEL BEBOP

El pasado 17 de agosto los más importantes medios de prensa dieron cuenta de la muerte de Max Roach, mítico baterista de jazz y fundador del bebop, mi estilo favorito. Me hallaba en el trabajo cuando me enteré, y entonces sólo deseaba llegar a casa y ponerme a escuchar sus discos, beber algo, y librarme un poco de aquella extraña nostalgia que me sobrevino. Pensé en escribir un texto sobre el viejo Max, pero no conseguía ánimo. Lo dejé pasar. Pero hoy, desperezándome leyendo El Dominical de El Comercio, veo que Niño de Guzmán sí ha podido escribir un hermoso homenaje al percusionista neoyorkino. Gracias Willy. Y mientras repito uno de sus discos, los dejo con extractos de la nota.


Por Guillermo Niño de Guzmán

Hace unos quince años me encontraba de paso en Nueva York y, al hojear el diario, me enteré de que había un concierto de un grupo de jazz liderado por Max Roach. Miré el reloj y me percaté de que estaba sobre la hora. Era casi imposible llegar a tiempo, pero decidí intentarlo de todos modos. Había tenido la oportunidad de ver en acción a bateristas de la talla de Buddy Rich, Roy Haynes, Elvin Jones, Tony Williams, Jack DeJohnette y Billy Higgins, pero nunca había podido coincidir con una presentación de Max Roach, que era el maestro que más admiraba. Era un domingo de otoño y todavía hacía bastante frío. Corrí como un poseído rumbo al subterráneo y salté a un tren que se dirigía hacia la zona norte de la ciudad y un rato después desembarcaba en las calles de Harlem.Cuando entré jadeante en el auditorio, el concierto acababa de empezar. En el escenario, ocho músicos vestidos de negro tocaban una diversa gama de instrumentos de percusión, desde vibráfonos y xilófonos hasta un steel drum, incluyendo congas, timbales y una batería. Y, aunque se prescindiera del piano y del bajo, el sonido era armonioso y consistente, rebosante de matices. El grupo se llamaba M'Boom y estaba integrado únicamente por percusionistas, bajo la dirección del legendario Max Roach. Allí estaba él, a sus 68 años, firme y circunspecto como un ejecutante de música culta, blandiendo sus baquetas con finura y precisión, sacando la melodía más hermosa e insospechada que una batería es capaz de dar. La reciente muerte de Max Roach me ha hecho evocar aquella extraordinaria performance. Sin duda, fue el mayor innovador de su instrumento y quien más se empeñó por encontrarle otras posibilidades expresivas. Cabe recordar que en el jazz tradicional, aun cuando la batería cumpliera la función primordial de marcar el tiempo, su rol era el de acompañamiento. Es decir, las partes solistas estaban reservadas para los instrumentos de viento o el piano. La situación comenzó a cambiar en la era de las grandes orquestas de los años treinta, cuando los solos de batería de Bid Sid Catlett, Jo Jones y Gene Krupa se hicieron populares. Sin embargo, la batería aún se hallaba supeditada a los requerimientos del baile y no se consideraba como un instrumento de concierto. El vuelco se produjo a mediados de los cuarenta con el surgimiento del bebop, el primer estilo de jazz moderno, bajo la inspiración del saxofonista Charlie Parker y sus compañeros de generación. Max Roach pertenecía a ese movimiento, en el que pronto sobresalió junto con bateristas como Kenny Clarke y Art Blakey. Suele decirse que la revolución en el instrumento se inició con las exploraciones de Clarke, quien alteró las convenciones para acentuar el compás al privilegiar el uso del high hat (o charleston) y de los otros platillos y se preocupó por independizar el rol de los distintos componentes. Pero fue Max Roach el que explotó al máximo estas innovaciones y convirtió la batería en un instrumento solista.A diferencia de otros músicos, su aporte a la evolución del jazz no se limitó a un periodo específico. Impecable como acompañante, Roach participó en las sesiones más notables de bop con Charlie Parker y Thelonius Monk, así como en las grabaciones de la orquesta Capitol con la que su amigo Miles Davis sentó las bases del cool a fines de los cuarenta. En la década siguiente, sus inquietudes lo llevaron a constituir un excepcional quinteto con el trompetista Clifford Brown (y que también contó, en su etapa final, con el saxofonista tenor Sonny Rollins), que inauguró la vertiente del hard bop y fijó un nuevo derrotero creativo para el jazz. Aquí se puede advertir que Max Roach no sólo era un ejecutante original sino que tenía dotes de compositor (con ese propósito había retomado su educación académica en 1952), lo que hizo posible que desarrollara su peculiar concepción musical. Como señala el historiador Ted Gioia, aquel quinteto depuró las características del bop. La tendencia de tocar los temas al unísono fue a menudo reemplazada por líneas contrapuntísticas entre la trompeta y el saxo. Se preferían los medios tiempos y, aunque las interpretaciones fueran muy rápidas, prevalecía una sensación de control y serenidad. "Incluso los solos de batería más apasionados de Roach -apunta el especialista- reflejaban un interés por la estructura compositiva y los sutiles efectos dinámicos". Después del trágico fallecimiento de Clifford Brown en un accidente automovilístico en 1956, el percusionista se fue alejando del hard bop en su incesante afán de renovación. En 1960 grabó un disco clave en su trayectoria, We Insist: Freedom Now Suite!, junto con su esposa de entonces, la cantante Abbey Lincoln. Esta obra había sido concebida con una clara intención política, pues Roach estaba fuertemente comprometido con la lucha por los derechos civiles y la reivindicación de la cultura afronorteamericana. De ahí que prosiguiera sus indagaciones musicales de acuerdo con el espíritu de la época, en sintonía con el free jazz y la apertura inherente a esta modalidad. Así propició grupos en los que excluía el piano con el fin de potenciar una nueva textura armónica basada en el trabajo de los metales, o recurría a coros para darle mayor densidad lírica a sus propuestas. Más tarde formó un interesantísimo Double Quartet, en el que sumaba a su elenco habitual un conjunto de cuerdas (su hija Maxine tocaba la viola). También sería uno de los primeros jazzmen de la vieja guardia dispuestos a experimentar con el rap. Sólo se abstuvo de incursionar en el ámbito electrónico, debido a su gran afinidad con el universo acústico. De cualquier modo, su espectro era muy amplio, tanto así que compuso expresamente para compañías de danza y teatro, y se presentó como solista con la Orquesta Sinfónica de Boston. Y, por cierto, en los años setenta fue el primer músico de jazz que ocupó una cátedra de profesor titular en la Universidad de Massachussets. En 1988 también sería el primero en merecer una de las denominadas becas para genios de la Fundación MacArthur, con una dotación de 372 mil dólares. Max Roach ayudó a liberar a la batería de su confinamiento dentro de la sección rítmica y le dio un papel protagónico. Su impecable técnica le permitió alcanzar un grado de refinamiento desusado entre los bateristas. La sutileza para extraer una insólita riqueza melódica de su instrumento, el despliegue de una colorida paleta de timbres, y la compleja urdimbre de sonidos y modulaciones que tejía en sus interpretaciones lo hacían un solista insuperable. Como escasos percusionistas, aunaba una exquisita precisión a su variedad polirrítmica, multiplicando y superponiendo diferentes planos sonoros con una coherencia asombrosa. Era un estilista, muy sobrio y lírico, dueño de un admirable rigor expresivo, aunque pleno de 'swing'. Si el lector quiere deleitarse con una de las obras más singulares de su profusa discografía, le sugiero que pruebe con Drums Unlimited (1966), álbum en el que destacan sus composiciones para batería sola, en las que cada frase y acento han sido tallados con el esmero de un orfebre. En un alarde de virtuosismo, se empeña en tocar en tiempo de vals, demostrando que sí se podía interpretar jazz fuera del compás de 4/4. A partir de la década del ochenta fueron frecuentes sus conciertos en solitario o en dúo con músicos tan arriesgados como él (Cecil Taylor, Anthony Braxton, Archie Shepp), así como al frente del colectivo de percusión M'Boom.Max Roach permaneció en actividad hasta hace pocos años, cuando un cáncer mermó sus facultades. Pese a ello, en 2003 decidió participar en el concierto que conmemoraba el 50° aniversario de su presentación con el mejor quinteto de bop que se haya reunido jamás (en el Massey Hall de Toronto, al lado de Charlie Parker en el saxo alto, Dizzy Gillespie en la trompeta, Bud Powell en el piano y Charles Mingus en el contrabajo). Al filo de los ochenta, Max era el único sobreviviente de aquel encuentro mítico de 1953. Apareció al final, para recibir el homenaje de los aficionados. Sin embargo, aunque sus limitaciones físicas eran evidentes y nadie lo esperaba, quiso tocar. Lo sorprendente es que sólo se valió de un high hat, quizá para recordarnos que no se necesita más que un pequeño y simple artilugio para transmitir el prodigio de la música.

sábado, septiembre 01, 2007

WESTPHALEN 16

Una de las pocas y buenas revistas literarias que se resiste a desaparecer, es la que auspicia la Universidad San Martín de Porres, llamada "Martín" no en honor al santo moreno, sino a Martín Adán. Bien, el pasado miércoles fue la presentación del número 16 dedicado a Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001). La revista, obsequiada a todos los presentes, muestra un atractivo dossier fotográfico, así como interesantes reseñas acerca del poeta y su obra. Cámara en mano, aquella noche en Larcomar, entre encopetadas tías al acecho de las fuentes de salmón y bandejas de pisco souer, estuve sentadito en una de las primeras filas. La novedad: Carlos Germán Belli y Alejandro Romualdo (uno de mis poetas favoritos... "mi corazón en pantalones cortos"), poco propensos a entrevistas y demás, iban a charlar con el público y declamar algunos poemas suyos. Tengo fotos y videos que colgaré el lunes o martes, cuando compre un cable USB para mi cámara. Entre los asistentes estuvieron Edgardo Rivera Martinez, bastante fatigado; Oswaldo Reynoso, siempre losano y vigoroso; "El Chino" Dominguez, conocido fotógrafo de los cincuenta, etc. Fotos y videos, el lunes. Plato de fondo, videos (grabados por mi camarita) de Wáshington Delgado y César Calvo leyendo su poesía. La nota curiosa la puso Carlos Germán Belli, con una anécdota venida de repente, en plena pausa, luego de habernos leído cinco poemas suyos: "¿Puedo seguir leyendo?, preguntó tímidamente a quienes lo acompañaban en la mesa, y a nosotros, el público. La respuesta fue obvia. Luego prosiguió narrándonos: "sucede que cada vez que tengo que leer poemas míos en público, me viene a la memoria el rostro de mi amigo de colegio, el poeta Leopoldo Chariarse, quien una vez, en un recital de poesía, leyó durante casi tres horas poemas suyos que pensamos era su obra completa; por eso siempre me preocupa leerles demasiado; desde entonces me aborda de improviso, como ahora, la imagen de mi amigo Chariarse leyendo desentendido de la paciencia de todos". Y continuó deleitándonos con su poesía.


Antes, el editor editorial, Guillermo Thorndike, nos leyó una introducción al viaje poético de aquella noche. Preparó una especie de reconstrucción de un cadaver-exquisito en base a versos de algunos poetas de nuestra insuperable Generación del 50, del que, gracias a la buena disposición de Thorndike por brindarme una copia del mismo ("sabía que alguien me lo iba a pedir ahora, y hasta traje un disco con el archivo... pero ya no lo encuentro... te daré la copia del texto... tendrás que trascribirla...), me he permitido extraer unos párrafos que me parecieron significativos:


"... Desde el número inaugural y la memoria de Adán, que inspiró, además, el nombre de la publicación, coincidente con el de nuestra universidad, han pasado años y asuntos , urgencias y momentos críticos, y se han declarado ausencias también entre nosotros. Uno que partió fue nuestro querido Wáshington Delgado, maestro siempre. Habíamos planeado una conversación con Paco Bendezú y ya no estuvo. Cecilia Bustamante recibió los primeros ejemplares de Martín dedicado a ella apenas una semana antes de su muerte (...).


En verdad, conversan los poetas...


Amo la rabia de perderte, nos dice César Moro, tu ausencia en el caballo de los días, tu sombra y la idea de la sombra que se recorta sobre un campo de agua.

Me había olvidado de quedarme dormido a la intemperie, se oye a César Calvo, sobre un pecho como sobre una llanura inacabable / donde las maravillas de cada día crecen / sin sobresaltos / y los ciegos hallan placer en extraviarse / y los amantes que se despidieron para siempre / no temen encontrarse de nuevo por primera vez.

Poesía es esto, responde Martín Adán, lo que eres mi verdad y desatino: / dar el cuerpo a un alma / dar forma a lo infinito...

Habla Westphalen: Empeño manco este esforzarse en juntar palabras / que no se parecen a la cascada ni al remanso / que menos transmiten el ajetreo de vivir. / Y después: Con frases en tropel no llegan a simular / Victorias jubilosas de la sangre / o la quietud del agua sobre el suicida. /

Dice Bendezú: (Yo no sé si la voz no es más que un sueño / ni si el amor es un casto paroxismo de amapolas.) / Yo sé que las estatuas sorben llanto en la arboleda. / Yo sé que el otoño acumula silencio en las botellas. / Yo sé que en la estación los guardagujas duermen. / Solamente un solsticio de sordas mariposas, / o esqueletos de gallos / cantando eternamente por albas que no rayan. /

Vuelve Martín: Triste y tierna, la rosa verdadera / es el triste y el tierno sin figura / ninguna imagen de la luz primera.

Y dice Romualdo: ¿Qué mano te sustenta, en quién reposa tu ser inacabable, inacabable rosa que no concluyes de ser rosa? La Rosa esta Rosa. Y no la Rosa de Adán: la misteriosa y omnisciente. Aquella que por ser la misma Rosa, miente a los ojos y a las manos miente. Rosa, de rosa en rosa, permanente, así piensa Martín. Pero la cosa es otra / es otra (y diferente) pues la rosa / es la que arde en mis manos, no en mi mente.

Dice Cecilia Bustamante: Blanca imposible es la rosa / sobre ti sus herméticos contornos. / Ya fuera fuera de mis sueños disipados / es la rosa una entrega / del tiempo concluído. / Y el azar en tu mano / somos nosotros la tregua / otra rosa que el amor devora...

Y Blanca Varela: Esta es mi infancia en esta costa / bajo el cielo tan alto / cielo como ninguno, cielo, sombra veloz, / nubes de espanto, oscuro torbellino de alas / azules casas en el horizonte. / Junto a la gran morada sin ventanas, / junto a las vacas ciegas, / junto al turbio licor y al pájaro carnívoro. / ¡Oh mar de todos los días, / mar montaña, / boca lluviosa de la costa fría!

Dice Juan Gonzalo (Rose): He gastado en mirar, miradas largas; / en amar, largas vidad largas; / y en alegría nada / Ya es hora de sentarme a la sombra de un libro / y ser niño...

Oímos a Belli: Este cuero, estos huesos, esta noche / días hay que no sufren por milagro / el tenedor, las hachas, el cuchillo... /

Me construyo un alma en mi habitación, dice Wáshington Delgado, y la arrojo por la ventana / o la deposito en el cesto de papeles / en espera de la posteridad. Volvía la voz de Martín Adán a decirnos: Poesía no dice nada / poesía se está callada / oyendo su propia voz. (...)


domingo, agosto 12, 2007

Fin del 11º Festival de Lima

El festival ha culminado ayer, con diversos resultados, y yo no pude estar en la premiación, ni tampoco he podido ver tantas películas como las que vi el año pasado. Pude ver algunas que luego comentaré en estas páginas, con más calma. De momento, leyendo El Comercio, me entero de las premiadas. Cosa curiosa, la ganadora del primer premio de la crítica, "Luz Silenciosa", del mexicano Reygadas, no pude terminar de verla en su momento: pues me quedé dormido en la sala del cine Alcázar. Quiero pensar que me quedé dormido poco después del inicio (cosa inusual en mí) debido a la fatiga del Festival y al horario (2:45 pm). En fin. Ya la veré para opinar al respecto.


Lima (DPA) - La cinta mexicana "Luz silenciosa", de Carlos Reygadas, y la brasileña "El año que mis padres se fueron de vacaciones", de Cao Hamburger, se convirtieron en la noche de hoy (ayer) en las grandes ganadoras del Festival de Lima, al ser elegidas como mejor película por el jurado y el público, respectivamente. "Luz silenciosa" obtuvo también el primer premio de la crítica internacional, mientras que los argentinos Ana Katz y Julio Chávez ganaron como mejor actriz y mejor actor por "La novia errante" y "El otro", en ese orden. La mexicana "El violín", de Francisco Vargas, se impuso en la categoría ópera Prima y la brasileña "Santiago", de Joao Moreira Salles, en Documental. "Luz silenciosa" se quedó con el premio a la mejor fotografía y "El año que mis padres se fueron de vacaciones" con el de mejor guión. (...) El segundo puesto en la votación del público fue para la cubana "La edad de la peseta", de Pavel Giroud. Otras cintas que llegaron a la instancia final en esa elección fueron la colombiana "Soñar no cuesta nada", de Rodrigo Triana, la ecuatoriana "Que tan lejos", de Tania Hermida, y la uruguaya "El baño del Papa", de César Charlone y Enrique Fernández. El jurado de Ficción situó como escolta de "Luz silenciosa" a la argentina "Una novia errante", de Ana Katz, y otorgó una mención especial a la brasileña "Olor a caño", de Héctor Dhalia. Por su parte, el jurado de àpera Prima le dio el segundo puesto a la argentina "El asaltante", de Pablo Fendrik, y entregó mención a la paraguaya "Hamaca paraguaya" (otra que me dejó dormido desde el inicio), de Paz Encina, cinta que además recibió el segundo premio de la crítica internacional. En Documental fue segunda la cubana "El telón de azúcar", de la chilena Camila Guzmán Urzúa.La Iglesia católica le entregó mientras tanto su premio a "Hamaca paraguaya", y la revista especializada "Tren de Sombras" también consideró ganadora a "Luz silenciosa".